Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

64 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ éxitos de ésta; y en todas partes ostentaron su docilidad y su disci– plina, su sobriedad y su valor, su estoicismo y su potencia para toda clase de esfuerzos, privaciones y fatigas, atrayéndose la admiración y aun la estimación de sus jefes superiores. Dicho, sin ninguna exageración, que más de los dos tercios de los soldados realistas eran peruanos, agregaremos que, por lo ge– neral, todos procuraron siempre desertar de un servicio en que eran retenidos contra sus sentimientos e inclinaciones y que no hubo opor– tunidad que no aprovechasen para fugarse y darse de alta en las filas de la Patria. En la segunda retirada de Canterac (setiembre de 1821), y en solas tres jornadas -a saber, de Pueblo Viejo a Macao, de Macao a Puruchuco y de Puruchuco a Huamantanga- fue tal la deserción de los naturales, "en oficiares y tropa, que los españoles perdieron casi la mitad de su infantería". En sólo "el cuerpo de Dra– gones, que mandaba el teniente coronel don Andrés García Camba, desertaron siete oficiales y treinticinco individuos de tropa (desde el valle de Carabaillo hasta Huamantanga" (19 a 21 de setiembre); y que "el arma de caballería, la que más bajas contó, y la que más debía experimentarlas en aquellas circunstancias, así por su mayor residencia en Lima, como por la mucha gente de la costa de que se componía" (4). Canterac, en el parte presentado sobre esa retirada, dijo haber "decidido alejarse cuanto antes de las inmediaciones de Lima, porque la más inaudita y escandalosa deserción, de más de treinta oficiales y quinientos soldados, de diferentes cuerpos y de todas armas, iba a exponer a un gran contraste las fuerzas de su mando"; y, a este propósito, exclama indignado, con su nerviosidad franco-española: ''A la vista de aquel pueblo (el de la capital) recordaron estos infames (?) los vicios en que habían vivido en él encenagados y que tantos males han traído a la disciplina de este ejército; compararon, cobardes, tan abominables placeres, con los trabajos que, al repasar los Andes, podrían tener; y se abando– naron al más detestable crimen, olvidando el honor y constancia que siempre han distinguido a los soldados españoles" (5). Olvidaba, a su vez, el comandante en jefe de aquella división que así desgranábase tan desastradamente, que los soldados incursos en el pretenso "detestable crimen", no eran soldados españoles, sino peruanos! Cumplían un deber: no perpetraban ningún delito: no abandonaban las filas por cobardía! por miedo, por el anhelo de no combatir: las cambiaban solamente, para seguir combatiendo; pero en defensa de su patria, contra sus empecinados opresores. (4) Camba, Memorias, t . I, pág . 429. (5) Id . id ., pág . 427.

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