Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
702 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ extorsiones y vejámenes que en la busca de esos tesoros escondidos, se hizo padecer a sus familias, inquilinos o representantes. Odiosa y célebre, con tal motivo, fue la actuación violenta del capitán Fran– cisco Beúnza, a quien Monteagudo confiaba de preferencia esas co– misiones; y típico el caso sucedido a la familia Peña., en cuyo domi– cilio habíase soterrado el valioso tesoro del P. Juan de Dios Salas (24). De aquella época luctuosa para los destronados dominadores, procede la mayoría de los denominados entierros; inhumaciones clandestinas de alhajas y caudales, cuyo encuentro casual ha enri– quecido a unos pocos y cuya inquisición desesperada ha burlado y enloquecido a muchos. Gran parte, casi la totalidad de los persegui– dos, dudando aun de la lealtad de los suyos; viendo en todos los peruanos, sin exceptuar a sus propios deudos, una traílla de delato– res o enemigos; no queriendo entregar a nadie la administración de riquezas que el vicio o la inexperiencia podrían reducir a la nada, si es que antes no desaparecían en las hambrientas fauces del erario; depositaron en antros misteriosos, sólo de ellds conocidos, las su– mas inmensas que habríanles permitido acaparar su condición pri– vilegiada, un trabajo asiduo o los caprichos de una favorable fortuna. Los daños que esta ocultación y la extracción simultánea de tantos millones, hicieron a la economía nacional, sólo pueden parangonar– se con los que la misma España causó en la inconsulta expulsión de los moros y judíos. Con ellas vinieron el decrecimiento del capital y 1a circulación, la atonía del comercio y del tráfico, el languidccimien– to de la industria, y un ambiente general de pobreza y depresión, que, acentuados y alargados por la indebida prolongación de la gue– rra, por la presencia y voracidad de los elementos auxiliares exóti– cos, y por la anarquía y el desbarajuste sobrevinientes, convirtieron al opulento y renombrado Perú en reproducción doliente de aquel malaventurado Midas, condenado a la miseria y el hambre, aunque sentado sobre bancos argénteos y servido con manjares de oro, como esos que los dioses cólgaron del jardín de las Hespérides. Así que, aparte de la propia injusticia envuelta en la persecu– ción y el despojo de los súbditos españoles; no tomadas en cuenta las duras represalias que, por su causa, hubieron de ejercitar, como ejercitaron, las tropas y autoridades realistas; y aun olvidada la cir– cunstancia de que, con la usurpación de derechos e intereses tan res– petables como otros cualesquiera; y tan dignos, como los que más, de 'ser amparados por la ley 1 causábase daño evidente y clamoroso (24) Hizo la denuncia el esclavo de éste, que lo había ayudado a prac– ticar esa ocultación de alhajas y dinero que Monteagudo perseguía y Beúnza buscaba. Pruvonena, op. cit., t. I, pág. 57.
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