Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

MONTEAGUDO Y LOS ESPAiq:oLES 689 nez, Ramón del Valle, Luis Landaberi, Ramón García, Gregario José Quintana y Santiago Riso, harán alguna exhibición a favor del Estado y serán confinados a Chancay por dos meses, en inteligencia que, observando buena conducta, volverán al seno de sus familias, apercibidos seriamente sobre su anterior manejo. Antonio Sacio, que resulta menos deliruente en el proceso, contribuirá al Estado con al– gún dinero, y quedará en Lima, con cargo de presentárse, cada cua– iro días, al presidente del Departamento. Asimismo, Antonio Uriar– te, joven, sin mayor cargo, y que afirma tener deseos positivos de servir a la Patria, será destinado al ejército. Finalmente, Bruno Vi– torero, viudo, incapaz de ser examinado al presente por tras– rorno de su cerebro, pero que resulta culpado, será encargado, bajo de responsabilidad, en la casa en que vive, para que den cuenta luego que recnbre su razón. Del dinero que se colecte, se pagarán las costas del escribano a precio de tasación, y puede alzarse la prohi· bición de que los españoles salgan de noche de sus casas". "S. E. el Protecror, cuyo ánimo está siempre 'dispuesto a la pie– dad, cuando ella puede conciliarse con la seguridad ael Estado y no sirva de fomento a los crímenes, se ha conformado con el anterior dictamen, reduciendo la multa que fundadamente opinó el auditor debían satisfacer los principales reos, al pago a prorrata de las cos– tas procesales, en testimonio de la consideración que merecen al gobierno las familias de aquéllos; y facultando al presidente del departamento de esta capital, para dar, con pleno conocimiento, a los españoles habitantes en ella, boletos de excepción del bando que: prohibe las salidas nocturnas, el que subsistirá por ahora, para evitar mayores males, dándose para todo las órdenes convenientes por el Ministerio de la Guerra". XXI Este extracto dado por la Gaceta, y que, salido indudablemente de la pluma de Monteagudo, comienza, en armonía con las ideas del terrible tribuno, por asentar que "la conducta inicua" de los acu– sados "comprometía la suerte de los españoles sensato's que habi– taban en Lima"; y acaba por exigir, de la sensatez de los últimos que "reputasen a cualesquiera conspiradores como a verdaderos ene– migos" y que "por propia conveniencia fuesen sus delatores y es– pías", descubre miserablemente la vacuidad de la acusación con el simple hecho de calificar el delito pesquisado de "infidencia e ingratitud a la generosidad americana"; y de reducirlo a las siguien– tes futilezas: el empleo de espías, el reparto de proclamas, la inte– ligencia con el adversario, algún intento de seducción, y el uso y

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