Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
646 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ ra nadie, en enemigo primordial y acérrimo de la emancipación del Perú. Y, sin embargo, repetimos, no pueden serle aplicables las re– flexiones hechas tratándose de sus colegas, los mitrados de Mai– nas, Huamanga, Cuzco, Charcas y Arequipa. Las pruebas que este virtuoso y prudentísimo prelado dio de su amor al pueblo cuyo gobierno espíritual le había sido encomendado, no pudieron en verda:a ser mayores ni más elocuentes. Ya le vimos, en los momen– tos críticos de la evacuación de la capital por La Serna, y su pró– xima ocupación por San Martín -espontáneamente primero y de– firiendo gustoso a las exhortaciones de éste después- mantenerse, enérgico y animoso en su puesto, en medio a la deserción y el pá– nico de sus compatriotas, aconsejando la quietud, propendiendo al orden, infundiendo sentimientos de subordinación y de serenidad, y, en fin, imponiéndose, con su palabra, 1 su acción y su ejemplo a cuantos gérmene·; o elementos de anarquía, disociación e inmora– lidad, amenazaban desbordarse sobre la abandonada e indefensa población de Lima. Y -no porque fuese, en su índole clerical, amigo de la libertad; ni, en riña con su patriotismo, partidario de la independencia- sino, por virtud, para no ahondar la discordia; por alta prudencia, para no alardear de oposición innecesaria, sobre un campo que desam– paraba y cedía voluntariamente el ejército realista; por honda pre– visión, para no oponer diqties a una oleada de opinión y de fuerza que se mostraba incontenible; o por consideración afectuosa al pue– blo en cuyo seno había venido a ejercer un cargo tan alto y de por vida -ello es que le vimos también-, a él, monarquista y espa– ñol, concurrir a la inolvidable asamblea del 15 de julio; presti– giar el comicio solemne y público con su importantísima presen– cia; sancionar, c~n su voz y con su voto, la expresión entusiasta de la voluntad popular; y suscribir el acta de separatismo, sin vacilaciones, taxativas ni temores; francamente, valerosamente, ma– jestuosamente, como quien ahoga sus afecciones, .olvida sus víncu– los y sacrifica sus intereses, para llenar un deber de amor hacia su grey y cumplir una santa obligación de paz y humanidad, de ca– ridad cristiana, de sana, conveniente y noble política. Por eso sur– gió de su asiento, cano, resplandeciente, venerable, entre la pro– funda simpatía y la sincera admiración de la escogida concurren– cia que repletaba el cabildo; por eso salió, satisfecho, aunque ínti– mamente triste, entre los ªJ?lausos y bendiciones del pueblo que pudo aquilatar lo excelso de su abnegación y lo doloroso de su sacrific~o. Su firma era la segunda del acta: ¿qué más se podía exigirle?
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