Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

48 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ A todos éstos -vencidos en el Cerro, como ya se dijo- reunióse después otro buen número de prisioneros, cogidos en diversas ac– ciones parciales; entre los cuales sólo merecen mención, para nues– tro objeto, el capitán don José Espejo y el alferez de fragata don Juan Agustín !barra caído en el combate sostenido contra las lan– chas hispanas cañoneras. Tales detenidos alcanzaban a una cifra no menor de cien indi– viduos, que, aunque desarmados, eran el doble de la de sus guar– dianes, demasiado confiados en la insignificancia e impotencia de los presos. VI Explicando los motivos de esta sublevación, los escritores es– pafíoles han exagerado el mal trato que recibían sus compatriotas encerrados en Huarmey, aseverando que encontrábanse "cansados de sufrir toda clase de vejaciones e insultos por &l espacio de cinco meses; sin comer más que un mal rancho cada veinticuatro horas, compuesto de menestras de pésima calidad, y, algunas veces, de car– ne podrida; alojados en los sitios más inmundos; y tratados con tanta tiranía, que llegó a fijarse la orden de que, por cada hombre que se f.ugase, sería pasado por las armas uno de los que queda– ran" (9). Sea de ello lo que fuere, ocurrió, en resumen, que impulsados por el innato instinto y amor de la libertad, Sánchez y sus consortes planearan la manera de escaparse, atacando y reduciendo a la guar– nición -sacrificándola si fuera necesario-; para lo cual concertá– ronse, secreta y decididamente, desde principios de abril. El obje– tivo era la sierra y la unión con Ricafort. Los medios reducían?e a aguardar la hora del sueño y del silencio; asesinar a los centinelas que ordinariamente poníanse a las puertas de las salas calabozos instauradas en la casa que servía simultáneamente de cuartel Y de prisión; asaltar al armero; imponerse al destacamento de vigilan– cia, que no pasaba de cincuenta hombres; apresar o matar al jefe del mismo, comandante Téllez, que, ausente en sus visitas todas las noches, acudiría al ruido del movimiento; y, escudados por las pro– pias armas del enemigo, partir a la sierra, en busca, se dijo ya, de las fuerzas de Ricafort. (9) Torrente, H istoria cit ., III, 161 y 162 .

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