Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PRIMEROS ACTOS DEL PROTECTORADO 559 para sufragar, ya ensangrentado en la persona de sus mejores hijos, el gasto y el esfuerzo enormes impuestos por las huestes enviadas, camino del Titicaca, a repeler la oleada argentina envolvente del Alto Perú; para ahogar la amenaza surgente en la revolución de Quito; para emprender y coronar la reconquista de Chile; para inten– sificar la resistencia indomable de Montevideo; para apagar, en fin, aquel hervor persistente y universal que, en torno suyo, crepitaba y ensordecía la vasta extensión del continente. Puesta a prueba la vitalidad de la nación peruana, en ese como desangre de todas sus energías; prueba de que salió triunfante, cuan– do, tras esa dilatada serie de inmensos sacrificios, hubo todavía, en el sexenio de 1820 a 1826 1 de soportar el peso de tres ejércitos: el Unido Libertador, el Auxiliar Colombiano y el realista; como ha– bía de salir triunfante, doce lustros más tarde, en el luctuoso e inol– vidable decenio de 1879 a 1889t cuando, tras cuatro años y medio de guerra exterior, en que se le arrancó la indemnización bélica más cuantiosa entre cuantas recuerdan los siglos; y tras dos años más de guerra interior; y tras un arreglo de deuda externa, en que el Estado se desprendió de todos sus ferrocarriles; y tras la extinción del salitre y el guano, fuentes primarias de su opulencia proverbial; y tras la desmonetización del billete, que pudo ser la bancarrota pri– vada con la quiebra pública; entró, no obstante, súbita, tranquila, serenamente, en la circulación metálica; y equilibró los platillos os– cilantes de su balanza mercantil; y consolidó su sistema monetario; y ensanchó sus industrias agrícola y minera; y rehizo su crédito vili– pendiado; y restauró su ejército y su armada; y afrontó las iras de su enemigo secular, de su rival eterno; y encaró la furia envidiosa, la abierta animosidad, el oportunista hervidero, el cuadrillazo co– barde de todos sus vecinos, coligados; y sacó incólume su honra, salva su integridad, indemne y siempre gloriosa su soberanía. II Unanue encontróse de pronto ante el fantasma horripilante de un erario vacío. Los españoles, al evacuar la capital del desfalleciente virreinato, habían barrido con cuantas existencias, en metálico o especie, tuvieron a la mano el 6 de julio, fecha de su éxodo temporal; Y en su despacho llegaron hasta inutilizar las maquinarias de la Casa de Moneda, a fin de que el nuevo régimen se viese en la imposibili– dad de acuñar la necesaria para satisfacer las exigencias del día. La presencia del ejército realista en la sierra, que ahuyentaba con su ferocidad todo tráfico, suspendió el transporte de barras, indispen– sables para la acuñación; y la permanencia de la guarnición hispana

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