Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

PRIMER GABINETE REPUBLICANO 489 colaboraciones el seudónimo de Chrisypo; y que, en calidad de dipu– tado pertenecía a la junta directiva. La importancia de los asuntos tratados en la publicación y la suma de conocimientos revelada por sus corredactores, llamaron bien pronto la atención pública, no sólo en el Perú, sino en el Viejo Continente, a punto de ser aquella general e insistentemente solicitada por cuantas personas hallábanse intere– sadas en el conocimiento de las cosas de este ignorado rincón del mundo. El rey Carlos IV (9 de junio de 1792) escribió expresamente al virrey Gil, encargándole la puntual remisión de la hoja; expidió más tarde (1793) real orden en extremo honrosa para sus autores; y recomendó que estos últimos fuesen de preferencia nombrados o propuestos para las vacantes que ocurrieran en lo sucesivo, de em– pleos, cargos o comisiones, proporcionados a sus méritos y adaptados a sus aptitudes. La inapreciable serie del Mercurio llegó a formar once tomos repletos de opúsculos interesantísimos, científicos, geo– gráficos, comerciales, estadísticos e históricos. Pero los ingresos no correspondían a los gastos; sino que, dadas las condiciones y dificultades de la época, éstos excedieron con mu– cho del producto de las suscripciones y del óbolo voluntario que, pa– ra sostenimiento de su órgano querido, sufragaban, constante y abne– gadamente, esos amantes del progreso de su patria. La pequeña sub– vención que alguna vez otorgóles el tesoro, urgido por las exigencias de la guerra que España sostenía a la sazón en el otro continente, no bastó a saldar el déficit, cada vez mayor y más alarmante; y, aunque el padre Cisneros, que había subrogado a Unanue en la secretaría de la asociación, pudo, de su propio peculio, imprimir el tomo duo– décimo, ni tal sacrificio era posible de repetirse por el ilustre y entu– siasta jerónimo, ni era factible de imitarse por sus otros colegas, en general condenados a vegetar en una honrosa pobreza. Así, apretada la bolsa por los que en la sociedad no habrían tenido otra gran cosa que hacer sino abrirla, hubo de desmedrarse y desaparecer aquel foco de luz encendido en la espesa noche del estacionarismo colonial; foco que, aún apagado, despidió y despide siempre, a la manera del sol en el ocaso, reverberantes resplandores a lo largo de los tiempos (agosto de 1794). IX El Mercurio, para Unanue, fue nuevo pedestal de gloria, que, co– mo la cátedra universitaria, ejecutorió la fama de su erudición y el brillo de su genio. En él publicó nutridos trabajos, que, por lo cam– biante de los asuntos y sin que la variedad perjudicase en lo menor

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