Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

LA FAMOSA ENTREVISTA DE PUNCHAUCA 267 ras, curiosos e impresionados. Yendo sencillamente vestido el vi· rrey, sin más que una banda lacre cruzada sobre el pecho y su man– ta militar, a diferencia de su comitiva lujosamente uniformada, San Martín, que no conocía personalmente al futuro conde de los Andes, titubeó sobre cuál se.ría el representante regio, para ser el primero en saludar al ilustre huésped y darle la bienvenida. Guido indícale incontinenti cuál es el virrey del Perú. El general en jefe Ratriota, abandonando la sequedad y la tiesura de los encuentros y recepciones oficiales, abre los brazos. Español y americano estré– chance recíprocamente, con toda franqueza y sinceridad.- "Al fin veo, exclama San Martín, llenados mis deseos: general, uno y otro podemos hacer la felicidad de este país".- "Estos deseos son los míos", dice La Serna. Siguen las presentaciones y apretones ínti– mos de manos. Fórmanse varios interesantes grupos, que esmaltan el albo corredor con los colores, ora oscuros, ora ardientes, de lo~ uniformes y entorchados. Generalísimo y virrey, aquí; Guido y Can– terác, allá; y, en distintos términos y distancias, La Mar con Las Heras; Monet con Necochea; Paroissien con Spry; Raulet con Gar– cía Camba; y así sucesivamente, ya como antiguos conocidos, que celebran el r eencuentro; ya como amigos nuevos, pero mutuamen– te, profesionalmente sobre todo, estimables y estimados. De repen– t e aquellos grupos, si no se deshacen, 'desaparecen discretamente por las habitaciones fronterizas, y aún más por las laterales; de modo que La Serna y San Martín queden sólos, como quedan en efecto, paseando a lo largo de la galería de ingreso, cogidos del brazo. II Tras largo rato de íntima charla, charla de penetración o tan– teo de disposiciones, los altos jefes de los bandos opuestos, al pa– recer decididos a recoriciliarse, instálanse en el salón principal a e la casa-hacienda, y hacen un llamamiento general, preferente por supuesto para los diputados negociadores. En un instante, se cons– tituye en trevista plena : allí están, juntos, confundidos en amistoso desorden y cerrado círculo, San Martín y La Serna, Guido y Abreu, del Río y Galindo, Llano Nájera y La Rosa, Aldana y Moar; e ín– t egras, las dos comitivas de jefes recién llegados. Las voces decaen ante una mirada giratoria, significativa, de los corífeos, que callan, y en su actitud manifiestan aguardar el silencio: éste impera; no resuena ni el zumbido de una mosca; el generalísimo independien– te toma la palabra, en medio de la expectación general, y "asumien-

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