Historia de la emancipación del Perú: el protectorado
LA JUNTA PACIFICADORA 235 Vuelto a su puesto de gobernador, viose de repente en atren– zos, por efecto de la sublevación de Cerro y Mendizábal con el nú– mero 1 de los Andes. Depúsolo éste último el 20 de enero de 1820, púsole preso, y hasta intentó fusilarle, llenándole de ultrajes inme– recidos y reincidiendo varias veces en el aparato grotesco de sa– carle a pasarlo por las armas . Brilló en esa oportunidad el valor sereno de La Rosa, que mantúvose firme y digno ante tales falta– mientos, hasta que favorecido por Cerro, ya en mala inteligencia con su cómplice, fue expulsado de la cárcel. después de tres meses de detención, y confinado en la ciudad de La Rioja, de donde el mártir fugó a Chile, se presentó a su jefe y protector, el general San Martín, y con él vino en la expedición al Perú. Después de la abdicación de este prócer, y tras haber servido con él a la causa patriota, en muchos puestos elevados, recluyóse en Trujillo; pobla– ción en la cual permaneció "pobre y olvidado", hasta fallecer, en plena miseria (18) en el pueblecito de Santiago de Cao (1834). (18) Era casado con la señora sanjuanina doña María Tránsito del Oro, a la que no volvió a ver, pues murió antes que su esposo.- En la Revista de Buenos Aires, t. III, de 1864, núm. 12 (obra de la que hemos extractado los precedentes datos), corre una carta emocionante del desgraciado La Rosa, que aquí reproducimos para comprobación del estado de escasez y tristeza de aquel patricio meritísimo, y en la que puede el lector imponerse, a la vez, del lamentable fin del no menos desdichado Alejo Junco, su cuñado, su compañero de abnegación y de trabajo. Dicha carta, fechada el 13 de mayo de 1834, pocos días antes de su muerte, y dirigida a su hermana Féliz o Felicia (esposa de Junco), decía así: ''Estoy destinado por mi desgracia a ser correo de malas nuevas. Con la pluma en la mano, estoy llorando la muerte de Junco, mi buen amigo y fiel compañero. No te puedo decir más, que miro con envidia su muerte; y mi imaginación no ve por ahora otro bien que el seguirle pronto, como creo firmemente que en este año descansaré para siempre, pues mi físico y espíritu están acabados, y el más mínimo soplo concluirá la obra.- Como era tan digno, a pesar de nuestras escaseces, fue asistido en su enfermedad y enterrado con toda decencia. Me escribe el cónsul argentino y otros amigos que su cadáver fue acompañado hasta el cementerio (cerca de una legua dis– tante de Lima) por todos los argentinos y amigos. El cónsul me dice que se ha hecho cargo de todas sus cosas, que eran su ropa y baúles, dados a un fiel sirviente, que lo asistió hasta que murió. Tú debes llorarlo con justicia, y yo lo sentiré mientras viva. Ya han muerto mis mejores amigos, y yo quedo aún padeciendo. Ellos descansan ya para siempre; y yo, sin ellos relegado por to– dos al olvido y a la miseria, he quedado solo para sufrir. ¡Quiera el cielo que no llegue ésta a tus manos, sin que yo baje al descanso eterno! Te com– padezco y compadécete de tu hermano.- José Ignacio". Artículos de Damián Hudson, Recuerdos históricos sobre la provincia de Cuyo, Rev. y t. cits., págs. 402 a 406, passim
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