Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

220 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ independizados México, Centro América, el Río de la Plata y Chile; emancipados, pudiera decirse, casi decisivamente Venezuela y San– ta Fe de Bogotá, vencedoras, en acciones importantes, sobre ejér– citos tan fuertes, experimentados y prestigiosos como el del cruel y bravo Morillo; conmovidos y ya en pie el virreinato del Perú y la presidencia de Quito; resultaba un imposible enviar auxilios apreciables a las huestes españolas, que donde quiera cedían te– rreno al adversario; no sólo porque la fermentación interna y la pobreza de recursos lo vedaban, sino porque el camino de los ma– res estaba perdido. Cochrane había barrido con el poder naval hispano en la mar del Sur; y no había dinero ni elementos con qué recuperarlo, a tanta distancia, dada la magnitud extraordinaria de los medios que el estado y la gravedad de las cosas exigían. La situación era, pues, critica y de pura pérdida; y, ya que los reme– cios violentos resultaban desde luego superfluos de utilizar, diose en pensar en la posible eficacia de los conciliatorios, hasta enton– ces olvidados o tenidos en desdén. De ahí el envío de comisionados ad hoc, en cuya designación acaso si relampagueó la vaga idea de tropezar por ventura con algún personaje parecido a aquel otro, extraordinario y sin segunoo en el tacto y la sagacidad, en la audacia y en la astucia, que tres siglos antes, domeñara la rebelión de Gonzalo Pizarra. Entre esos comisionados, destinado al Perú, venía el señor ca · pitán de fragata de la armada española, don Manuel Abreu; apre– ciable sujeto, que, si era un Gasea en lo humilde y mal traído et~ la vestimenta y en lo desairado de las prendas físicas, quedaba muy, muy por detrás de su predecesor (y quizá si oculto modelo) por Jas otras prendas de carácter y de entendimiento. Bien pudiera la medida reputarse altamente diplomática y po– lítica a la vez, ya que parecía tender a uno de estos extremos: a no perderlo todo, caso de perdimiento inevitable; o actormecer los ~ujos militares de los "insurgentes"; y ganar, de esa manera, un tiempo ver daderamente precioso, que, con actividad y cordura usu– fructuado, permitiese tornar a la carga con más brío y probabilida– des de buen éxito, apenas capeadas, como era de aguardarse, las recias marejadas de las luchas interiores. Error garrafal, con todo, éste en que candorosamente incu– rrían los gobernantes de la Pen!nsula; no sólo porque los avances 1 cuotidianos de la revolución ámericana mal pudieran ya satisfacer– se ni adormirse con negociaciones vanas y concesiones tímidas; si– n?; por~ue ; t?do arreglo habría de r esultar ilusorio y toda pacifica– c1on qmmenca, sobre la base, tiempo había descartada, de la "inte-

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