Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

104 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ ñaló bandera, en un decreto ardiente y original, como todos los su– yos; sólo que, por carencia de armas y vestuario, apenas si se pudo aceptar a sesenta entre más de trescientos voluntarios, algunos de los cuales presentáronse en filas con sus hijos, para que lidiasen y muriesen por la Patria; v.g. el capitán peruano (6) don Luis Abal (7), cuyo vástago, sólo "un año después" (8), rindió la temprana existencia en los campos de batalla; don Mateo Arróspide, don Juan Pablo Delgado; el Dr. D. Benito Laso, llamado a un gran prestigio y figuración en la época de la República, y "letrado, dice Miller, de gran capacidad y fogoso patriotismo", incorporado en la división como auditor de guerra, condición en la cual "rindió servicios im– portantes con sus consejos, y mereció el aprecio de sus jefes, así como la justa consideración del Estado" (9); los Portillo y los Bu– tler, los Solar y los Zapata, etc. V En el posible radio de las operaciones planeadas por Cochrane y Miller, consistentes en movimientos de penetración dirigidos a exaltar el sentimiento patrio de los pueblos, hasta entonces cohibi·· dos por el peso de la potencia realista, no había otro núcleo capaz de oponérseles y combatirlos, que el que en Arequipa acantonaba con el nombre de "división de reserva", y cuyo jefe era el general don Juan Ramírez. Pero tal división encontrábase reducida a su minimum, por haber a fines del año precedente, desprendido hacia el norte, con la división Ricafort, lo más escogido y numeroso de sus efectivos, enviados en refuerzo de las tropas de Pezuela, que demandaba angustiosamente aquel auxilio desde su amagada sede virreinal. De ahí que Ramírez se viese vivamente preocupado y en apuros, ante la irrupción cercana de fuerzas enemigas, cuya cifra, sabíalo fundadamente, alcanzaba a más de quinientos hombres. Puesto, pues, en la imposibilidad de mover todas las suyas, sin exponerse a una reacción formidable, tan pronto como abandonar a su suerte, o desguarnecida, o pobremente vigilada, la zona inmensa del Cuzco y Arequipa; el general hispano apresuróse a expedir órde- (6) Tacneño. (7) Hipólito Herrera dice Abad.- V. El Album de Ayacucho, pág . 187 . (8) ''El capitán Abal y su hijo, indígenas del país, tomaron también par– tido en esta época, y se distinguieron mucho por su celo y decisión . El hijo murió en acción de guerra un año después". Miller, I, 281. (9) Miller, id., 306 .

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