Hipocampo penebires; Shipibo-konibo-español

43 sepultarse las que existen y las que existirán. El mar fue el origen y será la tumba de todo. Vuestra felicidad, que consiste en desear aquello que no podéis obtener, existe aquí, entre las aguas sombrías. Yo os podría dar todo lo que me pidierais. Tengo yo en la tierra un amigo a quien mi más antiguo abuelo hizo un gran servicio. Él, si pudiera caminar, vendría a mí y me daría lo que tengo menester cada luna. Pero él es inmóvil y está pegado a la tierra. Él debe la vida y posee una virtud merced a uno de mi familia. ¿Vos necesitáis algo? —Sí —dijo la señora Glicina—. Yo amé a un príncipe rutilante que vino del mar. Le amé una noche. Y me dijo: “Cuando pasen tres años, tres meses, tres semanas y tres noches, ve hacia el sur por la orilla, y nacerá el fruto de nuestro amor como tú lo desees...”. Y he venido y aquí me veis. Y os daría mis ojos, os llenaría la copa de sangre y buscaría el durazno de las dos almendras, si vos me dierais el secreto para que nazca el fruto de mi amor tal como yo lo deseo... Brillaron en la noche los ojos ya mortecinos del hipocampo de oro, alegrose su faz y tembló de emoción. —Pues bien —dijo el hipocampo de oro—. Vuestro hijo nacerá. Oídme y obedecedme. Iréis caminando hacia el oriente. Encontraréis un bosque; penetraréis en él; cruzaréis un río caudaloso y terrible, y cuando este os envuelva en sus vórtices diréis: “La flor de durazno de las dos almendras, la copa de sangre y las pupilas mías son para el hipocampo de oro”, y llegaréis a la orilla opuesta. Lo demás vendrá solo. Cuando tengáis la flor de los tres pétalos, vendréis con ella, me entregaréis vuestras pupilas, me daréis la copa de sangre y la flor del durazno, y moriréis en seguida, pero vuestro hijo habrá nacido ya. ¿Estáis resuelta? —Estoy resuelta — dijo la señora Glicina. Y marchó hacia el punto señalado.

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