Hipocampo penebires; Shipibo-konibo-español

42 Luego, cambiando de tono, recostaba la cabeza sobre un banco de arena, abandonando su cuerpo al vaivén de las olas, entre las cuales su cola se movía mansa y tranquila como un péndulo. Agregó, mirando fijamente a la viuda: —A propósito, qué ojos tan bellos tenéis, señora mía. —Os parecen bellos —repuso la señora Glicina—porque vos los necesitáis; pero a mí solo me sirven para llorar. A veces pienso —agregó— que, si no tuviésemos ojos, no lloraríamos; no tendrían por dónde salir las lágrimas... —Oh, entonces saldrían del lado izquierdo del pecho, o de aquí, de la frente —dijo señalando la suya, donde brillaba una perla rosada. —¿Y qué haréis si mañana, a la hora en que el horizonte corte por la mitad el disco rojo del sol, no habéis encontrado nuevos ojos, nueva copa de sangre y nuevo azahar de durazno? —Ya lo veis: moriré. Moriré antes de volver a mi palacio, donde no me reconocerían y donde me tomarían por un mondacarpas... Y sollozó larga, dolorosa y conmovedoramente. —¿Qué darías, oh rey de oro, por conseguir estas tres cosas? —Daría todo lo que me fuera solicitado. Hasta mi reino. ¡Y qué cosas podría dar! Podría dar el secreto de la felicidad a todos los que no fueran de mi reino. Todo lo que los hombres anhelan está en el fondo del mar. Del mar nació el primer germen de la vida. Aquí, un hipocampo de oro, antecesor mío, fue rey de los hombres cuando los hombres solo eran protozoarios, infusorios, gérmenes, células vitales. Aquí, en el mar, están sepultadas las más altas y perfectas civilizaciones; aquí vendrán a

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