Hacer de la lectura una experiencia: reflexiones sobre mediación y formación de lectores

39 mucho auge en los años 90 del siglo XX y en los prime- ros lustros del XXI. Sin embargo, posteriormente, muchos autores —en- tre quienes me incluyo— hemos tomado cierta distan- cia de la idea de animación, pues comenzamos a notar sus limitaciones. Le doy un ejemplo: durante todo un año tuve la oportunidad de observar las prácticas de «animación a la lectura» de un animador que visitaba escuelas. La gran mayoría de sus sesiones eran muy in- teresantes desde una perspectiva de animación cultural, pues ponían en escena diversas manifestaciones artís- ticas (música, teatro, títeres…) para los niños, todas ellas ejecutadas con mucha calidad. Sin embargo, esas actuaciones no derivaban luego en espacios que tendie- ran puentes para acompañar a los niños en la práctica lectora. De hecho, los libros ni siquiera formaban parte de sus presentaciones. No queda claro, entonces, cómo esas prácticas podrían luego favorecer espacios de lectu- ra entre sus participantes. Esta preocupación la señalaron muy bien Colomer y Camps (1996), hace ya veinticinco años, cuando sur- gían las primeras prácticas de animación lectora: «[…] hay que poner atención, al recoger estas experiencias, para que la aplicación de los montajes y juegos que se describen en ellas […] conduzca realmente a la lectura de los libros y no se convierta en simples actividades de

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