Guerreros civilizadores

en el cual se recordó el importante papel desempeñado en la campaña por el ideólogo del nacionalismo católico Hipólito Salas, conmemoraba la entrega del estandarte que perteneció al 2º de Línea y que le fue arrebatado en la sangrienta batalla de Tarapacá. El hecho de que el estandarte de una «república cristiana» hubiera sido encontrado después de la batalla de Tacna «en un depósito de baratijas junto a la iglesia» evidenciaba, de acuerdo al cura Vivanco, la poca moralidad de los peruanos. La entrega del estandarte, previamente bendecido por el capellán durante la misa matinal en Lurín, estuvo rodeada de una parafernalia religiosa que aludió de manera directa a la dimensión escatológica que para el clero chileno tuvo la Guerra del Pacífico. De acuerdo a Vivanco, el estandarte había pasado por un proceso de regeneración que había posibilitado que de sus manchas y desordenados dobleces surgieran «piedras preciosas y bordados de oro». Este acto de alquimia verbal ejecutada por un capellán chileno en frente de miles de soldados dispuestos para el combate final en la capital peruana, además de reforzar los vínculos entre la Iglesia y el ejército permitió convocar a los héroes cristianos que perecieron bajo la sombra del estandarte y que contemplaban desde la mansión sublime de la eternidad el comportamiento de sus compatriotas. Juana Ross de Edwards, la «dignísima matrona» que había dedicado su fortuna a «curar las heridas» de los soldados del ejército expedicionario, fue representada por Eulogio Altamirano. La presencia figurada de Juana Ross de Edwards en Lurín permitió recordar, a escasas horas del combate decisivo, a «esa legión de ángeles» hogareños que esperaban en Chile por el regreso del esposo, del hermano o del hijo. La arenga final corrió a cargo de Máximo Lira, quien alzando la voz preguntó a los miles de soldados que lo escuchaban con atención si ellos se sentían capaces de aceptar la tremenda responsabilidad que la restitución del estandarte milagrosamente recuperado en Tacna les imponía. Y es que cuando se recibía una reliquia cargada de contenido patriótico y religioso, en vísperas de una gran batalla, en presencia de un ejército enemigo, teniendo a las espaldas tres o más provincias peruanas conquistadas con la punta de las bayonetas y, sobre todo, a la patria aguardando por la culminación de la campaña, lo mínimo que se podía hacer era vencer o morir. Para Lira, la entrega del estandarte, bendecido nuevamente por la iglesia, propiciaría «un nuevo bautismo de gloria» para los expedicionarios. En efecto, la victoria final se pondría en evidencia solo cuando el estandarte del 2º de Línea flameara en una de las torres más altas 225

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx