Guerreros civilizadores

Mis colaboradores en esta investigación han sido Andrés Estefane y David Home, dos jóvenes historiadores, quienes participaron con entusiasmo y profesionalismo en la búsqueda y recolección de materiales en diversos archivos chilenos. A Andrés quiero agradecerle su lectura crítica del manuscrito y su trabajo editorial en la primera fase de la redacción del mismo. Por otra parte, debo a Tammy Scissom la organización del material bibliográfico y el apoyo tecnológico que me ha dado a lo largo de los años. Invalorable fue la ayuda de Gabriel Cid en la etapa de concreción de este libro. Su generosidad y paciencia junto a su enorme conocimiento del tema y su ojo editorial me ayudaron a superar la fase más difícil de este trabajo. Las fotos que acompañan al texto se las debo también a Gabriel. A lo largo de estos años de idas y venidas entre Sewanee, Lima y Santiago he tenido el gran privilegio de contar con excelentes interlocutores de los que recibí comentarios y críticas. Agradezco en especial a Carlos Aguirre, Patricio Bernedo, Carmen Gloria Bravo, Sarah Chambers, Juan Ricardo Couyoumdjian, Nicolás Cruz, Eduardo Dargent, Joseph Dager, José de la Puente, Paul Drake, Klaus Gallo, Carlos Gálvez, Cristián Gazmuri, Harold y Nancy Goldberg, Margarita Guerra, Pedro Guibovich, Cristina Mazzeo, Cecilia Méndez, Mauricio Novoa, Luis Ortega, Elías Palti, Erika Pani, Luis Pásara, Pablo Picatto, Julio Pinto, José Ragas, José Luis Rénique, Alfredo Riquelme, Paul Rizo-Patrón, Hilda Sábato, Carlos Sanhueza, Alejandro San Francisco, Rafael Sagredo, Sol Serrano, Marcela Ternavasio, Olga Ulianova y Marcel Velásquez. Finalmente, debo a la confianza y el apoyo del Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en la persona de su directora Patricia Arévalo, la publicación de la tercera edición de este libro que tantas satisfacciones me ha dado a nivel profesional. Last but not least, gracias a mi familia, a quien dedico este trabajo. No tengo palabras para agradecer el amor, la alegría y el apoyo incondicional que me dan mi compañero Enrique, mis hijos Kike, Lana, Mariana y Andrew y mis nietas, Juliana y Emma. Porque ha sido mi trabajo como historiadora pero también mi experiencia como esposa, madre y abuela lo que me ha permitido llegar a ciertas conclusiones. Cuando los estudios de la guerra tengan por finalidad no la exaltación de la violencia organizada sino el conocimiento de su dinámica y sus consecuencias estaremos más cerca de alcanzar esa felicidad que todos los seres humanos, sin distingo de clase, género, raza o nacionalidad, merecemos. 22

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