de este modelo alternativo de recordar, sino síntoma de una configuración social violenta que atraviesa las periodizaciones de la historiografía clásica hasta el presente. 105 En la retórica clásica se denomina prosopopeya al recurso literario de atribuir la palabra a personajes ausentes que son evocados en el acto mismo de construcción de un personaje o de una idea. Para De Man la autobiografía construye la voz que ahora imaginamos que éramos antes, siendo por ello un género constituido por la prosopopeya. El narrador autobiográfico dota de sentido al «yo» pasado teniendo en cuenta los requerimientos y las proyecciones del «yo» del presente, de modo que el yo no puede ser considerado como un punto de partida sino el resultado de los intereses presentes, del mismo modo que durante la representación teatral clásica la máscara ocultaba algo que no pertenecía a esa escena (1984). 106 Con respecto al concepto de «basurización», señala Rocío Silva Santisteban que «La fuerza denigrante de esta fórmula permite que, quienes se consideran sujetos en esta relación [...], se permitan a sí mismos no percibir sentimiento alguno por el otro [...] sino solo la necesidad utilitaria de sacarlo del sistema: evacuarlo, someterlo o humillarlo para permitirse una victoria» (Silva Santisteban, 2008, p. 70). La sexualización basurizante de la «otra» como «perra» y «puta» sería utilizada como una estrategia de diferenciación del «nosotros» masculino. Huaytán no provee citas equivalentes en el testimonio de Agustina, por lo que sería relevante revisar su testimonio teniendo en mente este discurso sexual bazurizador y constatar, o no, si se puede identificar este patrón de enfoque en la sexualidad «perra» que le atribuyen los varones a las mujeres. 107 Ver Mujica (2011). Este estudio concluye que el Perú ocupa desde hace diez años el primer puesto en el ranking sudamericano de violencia sexual, dato que no tendría que sorprender si se considera que solo uno de cada treinta perpetradores detenidos por violación es sentenciado por el juez o jueza que preside el caso. Este dato da cuenta de esa banalización de la que son responsables los operativos de justicia y la policía para quienes la violencia de género no es violencia, pero también los hombres y mujeres del país que siguen tolerándola. 108 Ver el artículo de Francesca Denegri, «Cariño en tiempos de paz y guerra» (Denegri & Hibbett, 2016, pp. 75-81). Si Agamben se refiere al homo-sacer como a la vida «asesinable» o «eliminable» de la ley romana, que responde a la jurisdicción de lo divino y no de la ley humana, propongo en este artículo el término gine-sacra para designar al sujeto femenino también excluido del marco legal moderno de ciudadanía, pero en su caso, deshumanizado por su condición de género subalterno y como tal objeto de goce y violencia sexualizada. 109 Sin embargo, no estaría demás conjeturar que Janampa o Calcina habrían podido ser ellas también víctimas de violencia sexual, pero que en honor a su investidura ante la comunidad, habrían optado por callar. La producción de silencio frente a esa particular dimensión de la experiencia de género, sería requisito frente a sus pares masculinos y acaso también frente a las mujeres que ellas representaban. Entramos en el territorio de la vergüenza que provoca en la víctima el haber sido objeto de cualquier tipo de violencia sexual, más aun si la víctima es dirigente o regidora, como es el caso citado. Tampoco está de más recordar que en el caso de los testimonios de dirigentas de PCPSL, aparte del de Martha Huatay, ninguna se refiere a crímenes de violencia sexual padecidos personalmente durante su detención o posteriormente. 164
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx