Género y conflicto armado interno en el Perú

Para sostener este argumento, habría que dirigir la atención a la última imagen examinada en el artículo. Se trata de una militante que en el pasado fue tan aguerrida, suponemos, como las combatientes de pollera y fusil, pero que en la imagen que muestra Guerrero está prisionera en una cárcel y, lo que resulta clave, es ahora madre de un bebé que le está siendo arrebatado por una figura masculina que podría ser su carcelero. El dibujo se titula «Maternidad y reclusión», está fechado en Chorrillos en 2001 y forma parte de un cuadernillo testimonial atribuido a la militante María Elena Pacheco García. A diferencia de las guerreras campesinas, imaginadas gráficamente en su marcha inexorable por el campo, atravesando valles, ríos y montañas hacia la inevitable conquista del poder, este último personaje con el que se cierra el análisis, y también el libro, aparece inmovilizado, como atornillado en el espacio cerrado de la cárcel y en franca situación de derrota. «He tenido que luchar por mantener el vínculo con mi hijo frente a la adversidad de las condiciones y gracias a mis abnegados padres», declara el sujeto testimonial en su cuadernillo, recuperando de un plumazo los valores femeninos tradicionales (abnegación) y los vínculos de la familia nuclear abandonada por los personajes de los grabados referidos. Si el denominador común en las otras imágenes que se comentan en el artículo son cuerpos de mujeres disciplinados, tensos y ataviados para el combate, en esta última imagen vemos en cambio un cuerpo semidesnudo, desgreñado y embargado por la desesperación y la angustia. Un cuerpo que lejos de prepararse para tomar el poder por asalto, se dispone a amamantar a su recién nacido con el pecho descubierto y chorreando gotas de leche. Un cuerpo que lejos de alistar sus armas para defenderse de la agresión de este nuevo enemigo que es el carcelero, permanece sentado, suplicante e impotente cuando el bebe le es arrebatado de su regazo. Un cuerpo, en suma, que en su entrega más absoluta a la ética del cuidado encarnada en la madre frente al recién nacido, se refeminiza radicalmente, quedando nuevamente abierto y sujeto a la violencia masculina que controla sus movimientos y la despoja de quien ella ama y desea. Lo que este conjunto de imágenes nos sugiere de manera tan eficaz y perturbadora es, en suma, que si el poder de las combatientes y de las dirigentas de la cúpula se conjuga en masculino, la derrota de la militante encarcelada lo hace en femenino. Por ello, sugiero que la lectura del conjunto de artículos recogidos en este libro constituye una poderosa plataforma para seguir interrogándonos acerca de las diversas 161

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