Flora Tristán, precursora
en Francia, y cuáles derechos le quedan por reclamar? "En principio, la ley orgánica que rige la sociedad france– sa desde la declaración de los Derechos del hombre de 1791 es la más alta expresión de la justicia y la equidad, porque· esta ley es el reconocimiento solemne que legitima la santidad del principio de igualdad absoluta y no solamente de esa igualdad ante Dios pedida por Jesús, sino esa igualdad viva practicada en norr1bre del espíritu y en nombre de la carne ante la humani– dad. "Obreros, ¿queréis saber cuáles son nuestros derechos en principio? Abrid el código de leyes que rige. la sociedad fran– cesa y vedlos: "Art. 1 9 Los franceses son iguales frente la ley, cualesquie– ra que sean sus títulos y rangos. "Art. 2 9 Contribuyen indistintamente, fortuna, en las cargas del Estado. . , en proporc1on a su Art. 3 9 "Todos tienen acceso por igual a los empleos civiles y militares. "Art. 4 9 Su libertad individual está igualmente garantiza– da, nadie puede ser perseguido o detenido más qu~ en los casos previstos por la ley, y en la forma prescrita por ella. "Art. 8 9 Todas las propiedades son inviolables, sin otra ex– cepción que las consideradas nacionales, no estableciendo la ley ninguna diferencia entre ellas: · "Si juzgamos desde el punto de vista de la Carta, el obre– ro francés no tiene nada que reclamar. En virtud de un princi– pio reconocido, goza de igualdad absoluta, de libertad de con– ciencia y de opinión; se le garantiza la seguridad de su persona Y de sus propiedades; ¿qué más puede pedir? Apresurémonos a decirlo, gpzár de igualdad y libertad en principio, es como vivir sólo en e~píritu. "Al leer la Carta de 1830 nos sorprende una grave omisión que encont~,:-amos en ella. Nuestros legisladores han olvidado que antes de los derechos del hombre y del ciudadano, existe un derecho irrlperativo, imprescriptible, que está sobre los demás, el derecho a vivir. Pues bien, para el obrero que no posee ni casas, ni capitales, ni absolutamente nada, más que sus brazos, los derechos del hombre y del ciudadano no tienen ningún va– lor (y es más, en este caso se convierten en burla hacia él) si 119 •
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