prácticamente cualquiera tiene la posibilidad de abrir su programa en la radio y la calidad bajó notoriamente. Aparecieron en el aire muchos improvisados, bajaron las tarifas de publicidad, los oyentes se dispersaron o se fueron, porque en todo este proceso se perdió calidad y credibilidad. Ahora prendes la radio y escuchas a cualquiera dando opiniones larguísimas sobre fútbol, en unos programas aburridísimos donde ni siquiera te dan noticias, no hay comisiones, entrevistas, participación del público, nada. Llegan unos tipos a la cabina, abren el periódico y empiezan a hablar durante una hora. Actualmente habrá muchos programas deportivos en el aire, pero nadie le llega a los talones a hombres de radio tan importantes como Óscar Artacho, Pocho Rospigliosi, Humberto Martínez Morosini o Eduardo San Román. Así, la radio ha decaído, se ha convertido en un negocio duro, donde hay mucha competencia y las ganancias son marginales. En los años ochenta, como ya dije, la situación era muy diferente. De Estación X Deportegrama pasó a Radio Unión y en 1984 se instaló en Radio Libertad. En Deportegrama, siendo yo el director del espacio, pude introducir esa gran novedad que había maquinado desde hacía tiempo: abrir los micrófonos para que los hinchas pudieran expresarse libremente. Hasta entonces nadie lo había hecho, parecía una apuesta muy arriesgada y a los directivos de la radio en un principio no les gustó la idea. —Littman, te has vuelto loco —me decían los directivos, Pollack incluido—. Le vas a dar micrófono a cualquiera, te pueden insultar, decir groserías, tú sabes cómo es la gente aquí. —Bueno, esa gente son nuestros oyentes y tienen cosas que decir —me defendía yo—. En la calle, a la salida del estadio, siempre me paran hinchas que quieren hacerse escuchar, que me piden que critique a tal, que promueva a tal otro, que denuncie, que apoye, que pida la cabeza del entrenador, son gente que tiene su opinión y quiere comunicarla. Si les damos a los hinchas la posibilidad de expresarse por ellos mismos, vamos a romper en sintonía. Seguro habrá los que llamen para insultar, para hacer su palomillada, pero a esos también hay que conversarles, seguirles el diálogo para saber si tienen algo más que decir. —¿Cómo se te ocurre, Littman? —volvían a la carga los directivos—. Si alguien llama para insultar, de inmediato se corta la llamada. —Ni hablar —me puse firme—. La línea está abierta para todos, sin censuras. Si vamos a filtrar llamadas para que salgan al aire solo las que nos felicitan, las que nos tiran flores, entonces mejor no abrimos los micrófonos. 410
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