sobre lo sucedido. En efecto, ellas postergan el duelo, hacen tolerable el dolor y dotan de coherencia racional a un hecho contingente. La necesidad de que exista un otro culpable y la urgencia de convertir a los jugadores en mártires o héroes, son reacciones características de este tipo de episodios cuya finalidad principal consiste en convertir el dolor en rabia. Como puede notarse, en todas las historias hay un implícito relato de heroicidad, y ello tiene que ver con la historia de salvación que los propios acontecimientos desataron. Es curioso que la única persona que se salvó haya sido una fundamentalmente distinta al grupo y, además, miembro del poder político y militar del país. Frente a esto, la muerte heroica de un grupo de jóvenes promesas tiene la virtud de restituir valores e ideales que, hasta ese momento, estaban oscurecidos por la corrupción y el crimen. Mediante estas historias la imagen de los potrillos perdura en el imaginario popular como la posibilidad de sortear obstáculos, transgredir los límites y alcanzar la inmortalidad. En este proceso, como dice Bauza (1998), los héroes rompen con el estrecho marco cultural e histórico en el que nacieron y se convierten en ídolos populares. Por otro lado, también queremos subrayar que estas historias transforman el sufrimiento aliancista en un hecho político destinado a revelar algo de la verdad a través de la fantasía, es decir, a visualizar el ejercicio del poder en el Perú en el marco de la conciencia subalterna. La supuesta complicidad de las Fuerzas Armadas con el narcotráfico y las ejecuciones extrajudiciales son dos imágenes que aparecen obsesivamente en los distintos relatos y que, en nuestra opinión, señalan la aterradora (casi terrorífica) percepción que el mundo popular ya tenía del funcionamiento del Estado peruano en aquellos momentos. En ese sentido, sostenemos que ellas tuvieron como finalidad última la denuncia política, y funcionaron como un canal por donde salió a la luz un conjunto de denuncias sobre lo que estaba sucediendo en el Perú de aquellos días. En ese sentido, terminaron por representar al Estado como una institución corrupta y criminal. No se trata, por ello, de producciones imaginarias sin ninguna conexión con la realidad ni, menos aún, de la construcción de un mundo paralelo dominado por la alucinación y el delirio, sino, más bien, de una voluntad por «atravesar la fantasía» y encontrarse con el fundamento de lo real. Para Ubilluz (inédito) esta necesidad implica la identificación con los antagonismos reales que sobreviven en la realidad, y se deben, por tanto, a la construcción de un espacio de reconocimiento y reflexión. Aunque estas 302
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