En busca del orden perdido

Figura 6: a) Incas del Convento de Copacabana y b) Texto en el recuadro superior izquierdo; c) Incas de la Iglesia de San Francisco (las fotos son cortesía del Banco de Crédito del Perú) No es impensable que estando Guaman Poma en Cuzco en estos menesteres por la década del ochenta, conociese a Fray Martín de Murúa. Sus contactos con Cristóbal de Albornoz y con el padre Gabriel Solano de Figueroa, juez de tierras de Huamanga —a los cuales sirve como intérprete — y el lenguaje tan clerical que maneja en muchas partes de su crónica, sugieren que guardaba estrechos vínculos con sacerdotes. Al conocerlo, Murúa debió haber quedado prendado de sus habilidades haciéndose de inmediato el propósito de atraerlo para colaborar en la obra histórica que ya debía estar fraguando. Para el historiador Raúl Porras Barrenechea, si algún puesto le hubiese correspondido a Murúa en el pasado incaico hubiese sido el de «Gran Chambelán de los Incas», por su pasión por lo decorativo y suntuario. Además, no se le escapan las inclinaciones eróticas que lo llevan a recrearse describiendo acllas que se paseaban desnudas, con muslos y pantorrillas gruesas (Porras 1962: 377–381). Su obra, pues, descubre a un autor sensual aficionado a lo anecdótico, que se solaza ante la belleza, el boato, el misterio y el ingenio de los seres humanos. De aquí sus detalladas descripciones del manejo de los quipus y su gran atracción hacia el arte textil que, como las cuerdas anudadas, también cumplió un rol comunicativo más allá de ser un vehículo importante del arte pictórico andino. 65

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