En busca del orden perdido

aquellos lares, donde afirmó ser administrador teniente de corregidor. La tarea no es fácil. Hace poco, por ejemplo, empeñado en rastrear estos hitos en el Archivo General de la Nación me topé con un documento fechado en 1604 sobre la provincia de Aimaraes. Cuál no sería mi excitación pensando que podría encontrar datos sobre la presencia de Murúa en la zona, y quizá algo sobre Guaman Poma. Con gran entusiasmo comencé con la tarea de descifrar la endemoniada letra del documento. Pasé como dos días en este trance para al final concluir que quizá el documento era un tanto prematuro, pues el nombre de Murúa no aparecía ni por asomo. No obstante alguna utilidad tuvo, pues me confirmó que los mercedarios trabajaban en la zona y que existía el rol de comendador en Yanaca, que nuestro cronista le atribuye a su maestro y enemigo (Guaman Poma 2002: 648 [662]). Como señalo en la introducción de 1970, Guaman Poma estaba bastante lejos de aquella actitud ante la historia que nace en los tiempos modernos y que trata de determinar con exactitud lo que realmente aconteció en el pasado. Más que los hechos individuales lo que le interesan son los arquetipos, y es a través de ellos que su obra alcanza consistencia. Su principal cometido es demostrar que los europeos carecen de toda legitimidad para permanecer en tierras indígenas. Ellos son vistos como mitimaes o extranjeros sin ningún sustento para ostentar el derecho de ser propietarios en estos territorios. Peor aún, su presencia en vez de traer bienestar ha sembrado el caos y los mestizos, con la ciudad de Lima a la cabeza, aparecen como expresiones tangibles del desorden engendrado por esta conjunción indeseable. El punto de quiebre es la Conquista, que más que un acontecimiento histórico aparece como un pachacuti o cataclismo cósmico que ha puesto el mundo al revés, como no se cansa de reiterar. Ahora bien, un trastorno de esta magnitud desatado por estas circunstancias solo podía ser enfrentado por un principio que fuese proporcional a la causa que lo había originado. Si esta tenía estas proporciones, solo alguien con atributos semejantes podía doblegarla. En la época prehispánica el Inca como Rey Divino que se erigía por encima de los seres humanos, y estaba a la altura de los dioses celestiales, tenía esta capacidad. En ausencia de él, quien es visto como su reemplazo es el Rey de España a quien le da el rango de Monarca porque, a su 23

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