servían en la casa real como cocineros, barrenderos, aguadores, botilleros, jardineros, etcétera, no eran personas particulares… sino que para cada oficio había un pueblo o dos o tres señalados conforme al oficio, los cuales tenían cuidado de dar hombres hábiles y fieles que en número bastante sirviesen aquellos oficios, remudándose de tantos a tantos días, semanas o meses; y este era el tributo de aquellos pueblos, y el descuido y negligencia de cualquiera de estos sirvientes era delito de todo su pueblo… y así se puede entender… [que dichos] oficios eran muy preciados entre los indios porque servían la persona real de más cerca y fiaban de ellos no solamente la casa del Inca, más también su persona, que era lo que más estimaban. Estos pueblos que así servían de oficiales en la casa real eran los que más cerca estaban de la ciudad del Cozco, cinco, o seis, o siete leguas en contorno de ella, y eran los primeros que el Inca Manco Capac mandó poblar de los salvajes que redujo a su servicio; y por particular privilegio y merced suya se llamaron Incas, y recibieron las insignias y el traje de vestidos y tocado de la misma persona real. Para traer en hombros la persona real en las andas de oro en que andaba continuamente, tenían escogidas dos provincias, ambas de un nombre, que confina la una con la otra, y por diferenciarlas las llamaban a la una Rucana y a la otra Hatunrucana, que es Rucana la grande; tenían más de quince mil vecinos, gente granada, bien dispuesta y pareja. Los cuales llegando a edad de veinte años, se ensayaban a traer las andas sesgas, sin golpes ni vaivenes, sin caer ni dar tropezones, que era grande afrenta para el desdichado que tal le acaecía, porque su capitán, que era el andero mayor, lo castigaba con afrenta pública como en España sacar a la vergüenza. Un historiador dice que tenía pena de muerte el que caía. Los cuales vasallos servían al Inca por su rueda en aquel ministerio, y era su principal tributo, por el cual eran reservados de otros, y ellos en sí muy favorecidos, porque los hacían dignos de traer a su rey en hombros. Iban siempre asidos a las andas veinte cinco hombres y más, porque si alguno tropezase o cayese no se echase de ver (Garcilaso de la Vega 1960, II: 197). Concordando con Garcilaso, el padre Bernabé Cobo también consideraba que «era particular favor y honra cargarlas». Y añade que iba muy bien acompañado de orejones, que estos eran los caballeros y gente de guerra para su guarda y autoridad. Delante de su litera o andas iban doscientos o trescientos anderos Lucanas de nación, que tenían por oficio propio cargarlo, vestidos de librea, que se remudaban en cansándose, e iban limpiando el camino por donde había de pasar (Cobo 1964, II: 140). Algún sentimiento especial debió de tener el Inca con respecto a estas etnias, pues Cieza de León también refiere que « [los Soras] y los Lucanas 108
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