El Recreo
EL.RECREO - i _·w_-= (97::_-~ ,::-=============-:-:=== ---- · - --- 1 ,1 'I 11 ll [! ' Pero el poeta cándido Q ne llora su amargura l\Iantiene, con sus lú.grima~, Los caudales del mar. El , como tú, lanzado En ma1 es procelosos, Na.vega sin estima, Sín pla,110s ni timon; Y lleva dentro el pecho, Para mayor martirio, Un acicate agudo QnQ llaman cora:wn. Un a1go (J_llé lo ajita Sin compasion ni tregua Y á, su pericia estorva Vencer la tempestad: Un P.lgo que Jo lanza De nuevo al tonre1lino Cuando llegaba á término Sn eterno rn1Yegar. 1\1.mbien coml,::ttc solo Sin lauro v sin historia Y atraviesa el sendero Sin garv-1.s de part1r; Y una en otra. lo lanzan Las olas del deslino Hasta qne en el sepulcro Yiene su frente á huDLlir. Boga, barquilla, b0ga, Mejor es tu derrota: que, su fama corria como el agua pre– cipitada de una cascada, bulliciósa y ligera, alucinando á los incautos; y ella vino á ser mas respetada con la pre– cliccion que el Callapero hizo ele que la Reina madre daria á luz mny pron– to, un príncipe heredero. Y efectiva– mente, en 1708 se recibió en el Cuzco la nueva del alumbramiento do su 11a· gesta,d, quien, E-ll 25 de ;,1,gosto de 1707, lrnbia dado a los bas,~llos unas 'maneci– tas comt las de Luis Fern:1ndo, Prín- - _cipe de Asturias, para que fuesen á besárselas. Esta noticia fué celebrada con luminarias, misa de grarias,asis– tencia de corporaciones y reparticion ele escuditos; cosa que hoi en clia no se hace ni en la celebroqion de un con– trato de huano, mucho menos, a,l oir que lrni una boca mn,s qua m,1,ntener. ¡Felices tiempos de abnnc1a,ncia a.que– llosl Y bien. Entre la multitud de perso– na,s que entregaban su snerte a las pre– dicciones del llochino, fué D. FranciRco Antonio de Castro á. ln, sazon alcalde ordinario de la ciudad. i 11 Sin odios, sin nmore::i Sin á,ncia. de trinnfar; r:eu triunfas del cobarde Estúpido anatema, Entre coma y coma, sepa t-1 lector que, Castro era uno de tantos espaíio– les timoratos y rezanderos, y 1rndn, me– nos que pa,isano ele Sancho Panzt1,: p e– ro, como el rezar no se opone á. jugar con el niüito Cupido y ser el héroe ele algnnn,s n,ventnras, máximo cuando el nmor es en la lrnmaniclad un ma,l en– démi co qne traHtorna p echo y cn,beza; D. Prancisco acalló uno que otro escru– pulillo de conciencia, largóse donde el hechicero, pidíole andincia escreta, y le declaró que amaba á una. <lama no– ble, de quien se sentia furiosamen– te celoso y le rogaba que leyese en el csrazon de aquella Eva infiel. ll \¡ ¡I !I !1 11 •I Que ofrec<"n sin escrúpulo Las pág·inas clel ma.r. Callao, 1. 0 de Noviembre de 1876. 1: ASI PAGA EL DIABLO AQUIEN BIEN LE d !I 11 11 lt SIRVE. (Tr(((licion.) I. 'I 1 Ctientan la,s crónicas empolva,cbR, lec– i' tores mios, y á ellas me atengo; qne en ;¡ 1707 se n.lborotó la ciudad del sol con il lR. aparicion de nn indio famoso brujo, :; perito en la nicroma,cia, la mágia blan– ¡ ca y la aclivinacion en general, llama- do ·el Bochino ó Callapero; y que tal era la fama de este oráculo de mas 110111- 1 braclia que el de Delfos, que á él acucli- au hasta las personas tenidas por sen– satas, y aun los espaü.oles qne sentian comezon en la conciencia, con solo un pecaclillo ven~al yendo en seguida á _la– varse á, los pies ele uno ele tantos frailes araves cuya semilla trajo el P. Valverde y la plantó en los fértiles terrenos pe– ruvianos: semilla, cuyo fruto en verclacl, no ha sido escaso. Volviendo á nuestro Rochino, diremos ¡Oh! los celos! Caldaron ele l::t Barca lo elijo; "el mayor mostruo son los ce– los;" y en efecto, es mostruo que con su precencia ocasiona bulla.ugas ele es- pantosos resultados. -Bochino, te daré todo el oro que me pidn,s, satisfaré tus exijencias, si es pocible, tus caprichos pero, dime la yerclad, por terrible que sea, esclomó Castro con todo el frenesi del hombre que ama de veras, y deveras se siente celoso. Sério é impaciblc el brujo arite la contemplacion de aquel desespero, pidió á D. Francisco algunos datos respecto de la, manera ele vivir de la Señora de sus sueüos ó pesadillas; 1nego tomó trece hojas de nna yerba amarillosa y seca, y dos piedrecitas planas, al cen– tro ele las que colocó la,s hojas y las iba pasando de un lado á otro, mur– murando palabras vagas y misteriosas, sin dejar de levantar los ojos al cielo, y siempre que repeti::t una misma pa– labra, destroimva una hoja en medio de ambas piedras. Por fiu, con la gra– vedad del que sentencia un acto desi– sivo y fatal , dejó oir su voz el brujo, para decir á su cliente. -No saibes, que cuando una mujer entrega su corazon á nn hombre, le há entregado para siempre? Ella aho- 1 gará 'tal vez sus sentimientos entre las caricias ele otro hombre, p ero el amor primero es el único que vi--rn. Ella a,mó á D. Frnncisco ele Unzueta antes que 1 i ti, ella le ama ahora mismo, y ...... le amará siempre! Gracias, sn,bio vanrn, contestó Castro, y salió a.rrojanclo solm.: nn peqneüo ban- 1 co de madera, su bol~n, d e t erciopelo cft.rmisí con alguna,s 011zas de oro. II. La multitud ele id eas contrnclicto- , ria,s que crusaban por la ca,lenturienta cabeza de D. Francisco, no es fácil con– cebir. Su primer propócito habia siclo el de asesinar aquella muj cr ingratn; pero , ¿cómo vivir sin la, mira.da de sus ojos, cómo sin la armonia de su. argen- , tina voz? Fuera de si, casi loco; llegó á, su , habitacion y tirando sobre la mesa su fino sombrero esclamó¡ D. Francisco de · Unzuetá! ¡áh tocayo! tú eres, ·y contra 1 tí caerá la cuchilla, ele mí venganza ' Mas, .. . .. . . . . comvicne sosegarse. Sin otra,s refl.ecciones tornó á, coj er sn sombrero, y salió en camino al palacio Episcopal, y despues de bc:sar, la nrn– no del Illmo. Seü.or D.D. Juan Gonsalez de Santiago, Obispo XIII. del Cuzco, le pidió audiencia, secret,1,. El Obispo Gonsalez era un ,;aron ejemplar en virtudes; cnsi m1 Ranto, al menos, por tal lo tenian SUR Diocesanos, y en tratanclose del sexo (1éhil, ni nom– bra.rlo queria huyendo de ellas imprecio– nado por las palabras del Ecleciástico: "á, lo mismo va tocar una mnjer que to– car un escorpion."Uno ele los suplicios á que lo condenaba al Obispo sn cargo pastoral, era el tener de c.•nternlerse {t veses con sns mortales enemigai;; pero, era un santo, lo hemos dicho, y se ofre– cia al sacrificio. -.A.qui, amado hijo nuestro en J.C. elijo el virtuoso Obispo conduciendo al Seüor de Castro á un ga1Jinctc escusa– do. Allí, el alcaJde manifestó á su Seüo– ria, la graved,tel de lns cneBtiones ~le su– perchería que se estaban ventilando ante el jusgado eclecin.stico, y el peli– gro que amenazaba á todos los incautos, por estarse generalizando las consultas á los hechicerus, y tambien el número ele ellos. -Ved, Señor Illmo. dijo Castro con todo aplomo, cuan graves van ha.cien– close estos males, mrnndo hasta los mas notables y pertenecientes á la casa <lel Rey nuestro Seüor que Dios guanle, ejercen este oficio del Di_ablo. . / -A la casa del Rey? mtenump10 el Obispo. -Como V. S. Illma. lo oye, y allí te- ' neis al notn.rio mayor Don Francisc,. de Unzneta que practica la supercheria, ha- , ciendo caer en sus satánicos lazos á da- ~ 7
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