historia tan calumniada y tan vejada, se caracteriza, a pesar de todo, por su rebeldía patética frente al infortunio, por su resistencia altiva para dejarse amputar. Los hombres de Lackawanna prefirieron a la compra de una tranquilidad menguada, la áspera lucha contra el destino» (Basadre 1983, VI: 218). Véase Cayo (1979-1980). 289 Petronila Canaval Munarris casó con Juan Patricio Gallagher; Dolores Canaval Munarris lo hizo con Juan Cortés y Córdoba; Juana Canaval Munarris casó con Benito Valdeavellano; también se menciona en la carta a María Tarsila Canaval Munarris (Lasarte y Miranda 1993: 142). 290 José Antonio Villagrán (1821-1895). General del ejército chileno y diputado al Congreso (Fuentes y Cortés 1963: 322). 291 Juan de Arona (Pedro Paz Soldán y Unanue) se refiere a los levantamientos y desórdenes en Chincha en 1879, y especialmente los que se produjeron «con el objeto de matar blancos, y que ocasionaron la carnicería de los hacendados del Larán y San José. El primero, D. Antonio Fernández Prada, como anciano, era el patriarca de sus negros, a quienes seguía queriendo con idolatría, veinticuatro años después de haber dejado de ser sus esclavos; el segundo, D. Julio Carrillo de Albornoz, era un joven poco menos que imberbe, de bellas prendas, y no creo de más delito, que el del mismo Prada. Pretextando creer los negros la especie que con malicia o sin ella se esparció en el pueblo de Chincha, de que los blancos trataban de volverlos a la esclavitud, se dirigieron en son de guerra, es decir, de montonera, a las precitadas haciendas de caña de azúcar. Tan ajeno a lo que podía esperar de sus negros se hallaba el hacendado del Larán, que tomándole la noticia en la casa de purga, una de las oficinas de elaboración, no se inmutó, hasta que vio precipitarse a los forajidos, que, sin más ni más, lo sacrificaron a hachazos y machetazos. Al desgraciado Carrillo lo apresaron en los corredores de San José, lo echaron al anca de uno de los jinetes, y después de atormentarlo durante largo trayecto por los callejones, lo fusilaron, insensibles a los ruegos, a las súplicas, a las ofertas de su antiguo amito. Se asegura que el joven mártir llegó a ofrecerles su hacienda a trueque de la vida» (Arona 1891: 41). 292 Es muy polémico el tema de la participación de la población andina en la guerra en general, y en las batallas de la defensa de Lima en particular. Diversos autores se han referido a su actitud pasiva, derivada del carácter obligatorio de su participación, en su condición, por ejemplo, de dependientes de los hacendados que encabezaban las columnas militares. Sin embargo, el reciente trabajo de Enrique Flores Rosales pone de relieve otros factores —además del referido a la dependencia social y económica— que pueden explicar la actitud de los soldados indígenas: «Ellos debieron enfrentar las consecuencias de su desconocimiento del idioma, del uso de las armas y de su mala adaptación a la geografía costeña: tablazos y arenales, muy diferente al medio serrano al que estaban acostumbrados. A ello debemos sumar, el resentimiento tradicional que muchos de ellos sentían hacia el ejército (...)». A pesar de todo, Flores Rosales cita diversos testimonios que refieren actitudes de compromiso y entrega a la causa peruana en esos soldados (Flores Rosales 2005: 190, nota 261). Por otro lado, es pertinente recordar la importancia de la participación de soldados provenientes del sur andino en la campaña terrestre previa a la ocupación de Lima. Se puede mencionar el batallón Ayacucho, mandado por Nicanor Somocurcio; los Guardias de Arequipa, bajo la jefatura de José Iraola; los Cazadores del Cuzco, «bajo el bravo coronel ayacuchano 845
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