El Perú desde la intimidad

Viniendo ahora a los asuntos públicos te diré que nada bueno tengo que decirte. Ayer llegó el cuico de Valparaíso; Derteano se quedó en Santiago, en donde permanecerá algunos días. El intendente de Valparaíso les comunicó la orden de salir de allí y venir aquí no alegando otra razón sino la de ser esa una medida general, y que aun al mismo Sr. García Calderón se le haría trasladar a Chillán cuando su señora saliere de su cuidado. Esto último no lo creo; por el contrario, me parece que antes de muchos días se permitirá a todos los prisioneros residir en algún otro lugar de clima más suave que éste. El cuico es algo hablador, un poquito ligero y quién sabe los chismes que habrán metido en contra de él. Ahora resulta que la mediación conjunta no es cosa tan segura y evidente como comunicó el cuico en su carta de Valparaíso, fundándose en la que Partridge dirigió a García Calderón. Por el contrario, el mismo cuico nos dijo ayer que Perdiz [sic] había escrito últimamente a García Calderón diciéndole que no se acepte ninguna mediación extraña; que más fácilmente llegará a la paz aguantándose como hasta aquí, y que él se va a los EE.UU. en uso de una licencia temporal que le ha concedido su gobierno. Viviani vino, según parece, por asuntos relacionados con alguno de los reclamos de los italianos; tal vez por el que entabló hace algún tiempo un grupo de tenedores de certificados de salitre. Sea lo que fuere, lo cierto es que la venida de ese bachiche no tiene relación con esa bendita acción conjunta que lleva trazos de salir tan huera como todos los planes y esperanzas anteriores. Yo no sé realmente cómo pude por un momento dar algún crédito a semejante noticia, a pesar de todos los caracteres de seriedad con que fue comunicada. A propósito de esto conviene observar que si ha habido inexactitud en la exposición de los hechos o ligereza en los juicios y apreciaciones, buena parte de la culpa le toca al yankee, pues lo de su carta a García Calderón, parece que es cosa cierta, como lo es también la última carta en que sale con la embajada aquella que ya he dicho. Realmente los malditos yankees nos han servido admirablemente en nuestras desgracias y si todavía no nos han llevado a todos los diablos de los infiernos no es ciertamente por falta de esos excelentes amigos. 297

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