institucionalización de nuevos entes rectores del deporte en general. Durante el gobierno del general Oscar R. Benavides (1933-1939) se creó el Comité Nacional de Deportes para tener mayor control sobre el devenir de cada disciplina. Su gestión es también recordada por el famoso partido Perú-Austria durante las Olimpiadas de Berlín (1936), en el cual el ingreso de hinchas peruanos al campo de juego generó la suspensión del partido y el dictamen de volver a jugarlo. Esto dio lugar a la construcción imaginada de una narrativa nacionalista en la que el Perú habría sido víctima de la intervención del Führer en persona, para impedir el triunfo nacional. Con esta narrativa se inaugura el mito conformista del «casi ganamos, pero nos robaron el partido» (Arias Schreiber, 2008). Alrededor de este episodio encontramos un importante acontecimiento que revela la debilidad de la aún embrionaria FIFA. El 27 de octubre de 1936, dos meses después del dramático Perú-Austria, se celebró el Congreso Extraordinario de la Confederación Sudamericana de Fútbol en Santiago de Chile. En este evento, la delegación peruana propuso que las asociaciones de América del Sur salieran de la FIFA; es más, que Sudamérica constituyera una nueva organización de autonomía plena que rivalice con la FIFA. Chile respaldó esta propuesta, pero Argentina y Uruguay se opusieron (Dietschy, 2014). Este asunto se discutiría con seriedad durante los siguientes tres años y ciertamente no fue un tema menor para la FIFA, tanto así que en 1939 se vieron obligados a enviar al mismísimo Jules Rimet, entonces presidente de la organización, a dialogar con los dirigentes sudamericanos y reafirmar el apoyo a los países del sur. Volver a ganar la confianza de Sudamérica fue determinante en la supervivencia de la FIFA en la década por venir, en la que los países europeos, agobiados por la Segunda Guerra Mundial, no podían cumplir con sus contribuciones. Como resultado, en 1946 el español se convirtió en uno de los idiomas oficiales de la FIFA (Dietschy, 2014). Más adelante, en 1952, el también general Manuel A. Odría inauguraría el nuevo Estadio Nacional. Beneficiándose por el disparo de los precios de materias primas gracias a la reconstrucción de Europa y la guerra de Corea, Odría movilizó un proyecto modernizador infraestructural basado en el lema «Salud, educación y trabajo» (Orrego, 2016). En este contexto, el Estadio Nacional fue un símbolo populista que compensaba las cada vez más recortadas libertades individuales bajo el régimen del dictador —entre ellas, la prohibición de jugar fútbol en las calles— (Viera, 2017). 56
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