realización espiritual, por lo que la mediación material podía distorsionar ese vínculo (Putney, 2003). Por tanto, los dirigentes modernizadores solo podían ser aquellos que se dedicaran ad honorem a promover el deporte por su compromiso altruista con la patria. En otras palabras, se trataba de personajes catalogados como «notables» y «gente decente». Por supuesto, la dedicación ad honorem al manejo del fútbol presuponía la disponibilidad de suficiente capital económico y social para poder mantener una práctica que no redituaba ingresos en la época. Sin embargo, la diversificación de los actores del fútbol desde los clubes ingleses y de élite a los clubes de barrio y fábrica, así como la atracción popular por las competencias, generaron fuertes estímulos por el profesionalismo. Pagar una renta a los jugadores que vistieran los colores de los clubes, ya sea en dinero en efectivo o en formas mixtas de dinero y favores, fue ganando terreno. A esta última forma mixta se le denominaba «profesionalismo marrón». Los jugadores además decían que debían trabajar para vivir y no tenían tiempo para entrenar y prepararse para las competencias cada vez más exigentes y organizadas. Para los dirigentes deportivos vinculados al gobierno y sus voceros en la prensa, el lucro enceguecía a los dirigentes y jugadores de los clubes populares que solo pensaban en ellos mismos y en cómo conseguir ventajas económicas. Según estos, debido a la falta de recursos públicos, el fútbol debería tener la generosidad de pensar primero en la patria y financiar con sus ingresos otros deportes. Para ellos el fútbol debería ser una práctica amateur, aunque debido a la necesidad de los jugadores se podría permitir una suerte de «profesionalismo marrón» que permitía un salario de compensación a los trabajadores por los días no trabajados en sus centros laborales mientras entrenaban o jugaban. El resto de los ingresos, según estos dirigentes, debería ser utilizado en desarrollar el fútbol y otros deportes por ser esto de necesidad nacional —al ser instrumentos de promoción y financiamiento de la construcción del hombre nuevo—. Ello suponía una necesidad patriótica superior a la de los clubes. Así pues, al disfrazar de «necesidad patriótica» el control patrimonial de las élites, el fútbol se convirtió en la cancha donde se buscó legitimar las figuras dirigentes del proyecto modernizador, una práctica que ilustraremos en el siguiente acápite. 4.1. La selección y los clubes: tensiones emergentes 50
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