el negocio inmobiliario, mejor aún si contaban con bancos como soportes financieros. No obstante, estas eran actividades complementarias a la gran propiedad agrícola, de allí que la figura del patrón o el hacendado siguió siendo emblemática. La mayoría de presidentes de estos años fueron hacendados o estuvieron vinculados al mundo de la hacienda: Manuel Candamo, José Pardo, Augusto B. Leguía1, y Eduardo López de Romaña. (Bourricaud y otros, 1969, pp. 25-26, 33). Son años en que la estructura social se transforma aún más con la industrialización temprana que atiende el ascendente mercado interno con productos textiles y alimentos y bebidas, y que deja atrás el concepto de «plebe» para dar lugar a pequeños y medianos empresarios industriales, un creciente grupo de profesionales liberales que constituirían la emergente clase media y la clase obrera. En este contexto, los sectores modernizadores de la oligarquía, vinculados inicialmente al Partido Civil que gobernó las dos primeras décadas del siglo XX, elaboraron un discurso modernizador y de ruptura con los valores y prácticas de la cultura criolla de origen colonial. Se pensaba que los indígenas peruanos, al igual que los inmigrantes chinos y japoneses, eran todos descendientes de civilizaciones milenarias y que, por ende, eran pueblos agotados, débiles, inferiores, y no aptos para el desarrollo del capitalismo y la modernidad. Frente a esto, algunos proponen como alternativa promover la inmigración de hombres blancos europeos para «mejorar la raza», de manera que puedan ayudar a la creación de un nuevo sujeto social. «Un hombre nuevo»: racional, laborioso en la búsqueda de sus objetivos, y, se sobreentiende, más blanco. Son años en los que la aspiración de recuperar las «provincias cautivas» de Arica y Tarapacá era extendida entre las élites del país, por tanto, este sujeto también tendrá que ser de fuerte contextura física y encontrarse en condiciones de defender a la patria. En este periodo, el patrimonialismo era la forma de ejercer el poder. Incluso las ideas modernizadoras fueron promovidas con estas prácticas. El patrimonialismo, como forma de dominación tradicional, estuvo presente desde el inicio de la República, cuando los caudillos militares que se disputaban la presidencia, ante el vacío de institucionalidad producida por el colapso del Virreinato, repartieron el poder entre sus familiares, amigos y clientes, lo que generó estructuras sociales basadas en la informalidad para sostener sus posiciones de poder. Como el Estado era incipiente y concentrado en las ciudades capitales, el orden social y 23
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