La década llegó a su fin siendo testigo del divorcio entre la FPF, la ADFP y el IPD. La caída de los viejos caballeros dirigentes no fue reemplazada por una nueva generación de dirigentes con profesionalismo y visión de futuro. En ese entonces, los clubes trataron de sobrevivir lidiando con una terrible crisis que postró la economía nacional en una situación catastrófica y con organismos del gobierno del deporte con poca claridad más allá de la coyuntura inmediata. En este contexto se desarrolló una dinámica en la que cada club defendía sus intereses, con los recursos disponibles, prestando poca o nula atención a la integración de un organismo coherente de gobierno del fútbol profesional. El desorden de los torneos durante la segunda mitad de la década fue una manifestación de este síntoma. Durante aquellos años prevaleció el «desorden patrimonialista» en un campo institucional fragmentado y con disputas regulares entre dirigentes. Esta dinámica de subsistencia terminó desarticulando los pocos avances alcanzados en el diseño de instituciones deportivas legítimas. Ni siquiera eficientes, eficaces o fuertes. Tan solo se trataba de una estructura con un mínimo de consenso sobre la organización del campo del fútbol profesional. En las décadas previas, las fibras que tejían el campo del fútbol estaban impregnadas de relaciones patrimonialistas, expresadas en el denominado «pacto de caballeros». En los años ochenta, estas prácticas patrimonialistas subsistieron como modus operandi del quehacer del fútbol cotidiano; se volvieron hábitos rutinarios de sentido común del dirigente deportivo, pero cuya legitimación estaba en plena contestación. No había un modelo dirigencial alternativo. Los caballeros sobrevivientes entraron en pugna con los nuevos liderazgos de provincias, quienes podían conocer muy bien el teje y maneje del fútbol, pero carecían de la proximidad amical o familiar a las viejas redes que controlaban el deporte. Por eso los encuentros de todos los lunes en la ADFP eran, como recuerda un entrevistado, «una trompeadera»: en cada reunión se tenía que empezar de cero para volver a calibrar los intereses de los asistentes para luego buscar imponer los propios. En un país en crisis donde y el deporte había perdido centralidad para el gobierno, todos y cada uno de los agentes llamados a gobernar el deporte, en vez de confluir para generar un sistema ordenado, disputaban sus espacios de poder reproduciendo prácticas patrimoniales de intercambio de favores. Las antiguas dirigencias tenían un ego muy grande para compartir su liderazgo con el Estado, la federación, los clubes emergentes o el nuevo 164
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