El otro partido

profesional», señaló que la FPF no representaba los intereses de los clubes, con lo cual invalidó cualquier acuerdo al que llegara Cachito en Asunción. La desconfianza de Moral en Cachito tenía asidero en el resultado de las elecciones para la CSF que se habían celebrado pocos meses antes. En ellas, el voto de Cachito definió el destino de Lito Salinas, quien luego de veinte años dejaría de ser elegido como presidente del máximo órgano rector del fútbol profesional sudamericano. Se trataba de una traición máxima a uno de los más alabados dirigentes del deporte peruano; el «caballero» por antonomasia. Discutiremos este tema en detalle más adelante. A pesar de que los senadores de la Comisión de Deportes del Congreso le pidieron al IPD que mediara una vez más el enfrentamiento y que la FPF —liderada por Cachito Ramírez— convocara a la asociación a una reunión para cederle la dirección de la selección y limar asperezas, la asociación no aceptó el intercambio y el conflicto continuó124. El fracaso de Ramírez en Colombia con la selección juvenil era la oportunidad para que los dirigentes tradicionales pudieran retomar nuevamente el mando de la federación. Tras la salida de Cachito, el IPD nombró a Josué Grande Fernández como presidente de la FPF (1987-1991). Grande fue presidente del Club Sporting Cristal entre 1972 y 1979 y fue parte del círculo de los dirigentes de los clubes tradicionales del fútbol. Este hecho le permitió aliviar las tensiones exasperadas por la gestión anterior y lograr una mejor relación con los dirigentes a quienes incorporó progresivamente al trabajo de la FPF. Moral elogió la designación de Grande como presidente de la FPF y señaló abiertamente que estaba dispuesto a poner el hombro para sacar adelante a la selección nacional125. La primera acción de Grande fue cederle el manejo de la selección a la ADFP, a la que otorgó tres de los cinco cupos de la Comisión Seleccionadora; además, colocó a Augusto Moral como presidente. Grande señaló claramente que su labor se abocaría a las divisiones de menores y al éxito de los torneos nacionales sub 16, sub 18 y fútbol sala. Por otro lado, Fausto Alvarado, del club Unión Huaral, quien defendía que las reglas del Campeonato Regional Descentralizado las debía poner la asociación, fue nombrado a finales de 1987 como parte del directorio de la federación. Si en 1978 los clubes provincianos tuvieron que subyugarse ante el «pacto de caballeros», cuando este llegó al Estado —nueve años después—, las condiciones se habían invertido. 146

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