El otro partido

argollas y el personal no capacitado y mal pagado fueron los argumentos que se emplearon para caracterizar al INRED como un entrampado burocrático sin éxitos. Para implementar la transformación, el nuevo gobierno cambió a su directiva y nombró en 1980 a Víctor Nagaro como su presidente. Nagaro, viejo militante de Acción Popular, no solo acompañó a Belaunde en su campaña política de 1956 y candidateó como diputado por Ica en 1962 bajo la insignia de la lampa; también fue uno de los artífices de la Copa Perú en 1967, en su calidad de director del Comité Nacional de Deportes —designado por Belaunde—. De este modo, el gobierno de turno reproducía la «argolla» que decía condenar. Nagaro continuó dirigiendo el deporte en el país hasta 1983 y luego sería remplazado por Alberto Musso Vento, otra personalidad vinculada al partido de gobierno83. Una vez en el cargo, Nagaro inició una reorganización completa de la entidad, como respuesta a la presión ejercida por distintas federaciones deportivas que resentían la emergente anarquía en el gobierno del deporte, quienes inclusive llevaron a las calles su reclamo84. Efectivamente, el 12 de junio de 1981 se aprobó el decreto legislativo 135 que transformó al INRED en el Instituto Peruano de Deporte (IPD) como organismo público descentralizado encargado del deporte en el país. Con ello, el Ministerio de Educación asumió directamente las funciones vinculadas a la educación física y al deporte escolar, y dejó en manos del nuevo IPD al deporte profesional y el amateur. De este modo se inició el desplazamiento de la práctica del deporte como un ejercicio popular. Su importancia como vehículo que fomenta la sociabilidad y el fervor nacional quedó reducida a un ítem más de la educación básica regular. Con ello, se perdió también la idea de formar, desde temprana edad en la escuela, atletas amateurs de alto nivel que pudieran competir en torneos internacionales. Este fenómeno coincidió con el ingreso del movimiento olímpico a la era neoliberal, que implicó abandonar cualquier pretensión para mantener la práctica amateur. Al menos desde los Juegos Olímpicos de 1984, en Los Ángeles, las olimpiadas se convirtieron en un espacio en donde se reproduce la sociedad de consumo a partir del espectáculo (Andrews, 1999; Whannel, 1992). Así pues, los derechos de televisión por la transmisión de los juegos y la publicidad proveen de los recursos que ahora los Estados no pueden garantizar. Esto coincide con los cambios que habían comenzado a ocurrir con la presidencia de João Havelange en la FIFA, debido a su intención de contar con el auspicio de grandes firmas 130

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