El otro partido

control del campo dependieran del afán personalista del «caballero». Si bien es cierto que en décadas anteriores encontramos atributos similares, la de 1980 se distingue en tanto la disputa no se remite al debate ideológico o político sobre el lugar del deporte en la sociedad. Ya sea como una actividad amateur o profesional, impulsada desde el Estado o desde el patrimonialismo de los caballeros —o una fusión de ambas—, el deporte había constituido un espacio en donde se reproducían los debates sobre el Perú como proyecto republicano79. En los años ochenta, sin embargo, ingresamos a un periodo de orfandad ideológica, agudizado, por supuesto, por el conflicto armado interno. Sin estas directivas, lo único que quedaba eran las acciones patrimonialistas de los dirigentes, cada uno de los cuales trató de «jalar agua para su molino». Este proceso dejó al balompié en un estado de gran vulnerabilidad y con poca o ninguna claridad acerca de su desarrollo futuro. Como hemos visto, el patrimonialismo ha sido una práctica recurrente entre dirigentes de fútbol desde que se inició el deporte en el país. Más aún, ni las transformaciones estructurales promovidas por el GRFA, que liquidaron el poder de la oligarquía, lograron modificar el carácter patrimonialista de la política deportiva peruana. Puede que hayan desaparecido los grupos de oligarcas, pero su forma de actuar prevaleció en los viejos y nuevos dirigentes. Durante la década de 1980, la falta de interés gubernamental por el deporte y el fútbol propició que las dirigencias de los clubes tradicionales y limeños, los «caballeros», buscaran retomar el control de este campo deportivo. Pero esta vez se encontraron con otros actores que buscaban alcanzar el mismo objetivo: la nueva burocracia estatal, los nuevos dirigentes emergentes de Lima y provincias y los nuevos líderes internacionales del fútbol con una visión de empresa y negocio. La lucha entre frentes distintos, sin que ninguno de ellos lograra la hegemonía, alimentó el caos en el fútbol nacional. Al respecto, identificamos tres disputas ocurridas en este contexto. La primera es el enfrentamiento entre las dirigencias tradicionales de los clubes limeños con los dirigentes de la Federación Peruana de Fútbol (FPF), nombrados por los nuevos gobiernos democráticos. En efecto, a pesar del poco interés de los mandatarios por el fútbol, en su afán de desmontar los restos del corporativismo estatal del GRFA, Belaunde realizó cambios en la gestión gubernamental del deporte. Para ello, dio protagonismo a una débil FPF como ente rector del fútbol mediante nuevas 124

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