El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

90 tergiversaciones algo malignas. Por eso, quizá el mejor vocablo para huracanar el remanso sea biblionectaria o biblionectario : aquel que hace de los libros y la lectura una fuente tan energética y grata que aroma y atrae a quienes quieren nutrirse para seguir volando. No estoy proponiendo que se cambie el nombre (¡faltaba más!), solo digo de hacer, en cualidad, aquello que el vocablo no precisa: inspirar a la pasión de leer los libros para columbrar el mundo. Porque la acción biblionectaria es polinizante : fecunda tanto al que da como al que recibe. La biblioteca no es una jaula: es un espacio en el que se reinventa la función social en una consagración comunitaria. Las lecturas pueden ser intensas y estimulantes, y su consumación no es una catapulta al supermercado. En una biblioteca el aprendizaje no tiene fin y las gradua- ciones pueden ser voluntarias y múltiples: en eso supera a las más mentadas universidades del mundo. No va- mos a este manantial de néctar por obligación ni con el propósito de ostentar un cartón que nos garantice una dependencia. A la biblioteca podemos ir para aprender mil carreras con independencia de notas, con emancipa- da apetencia y con la certeza de que la lección es gozosa y soli-daria, al margen de la utilidad pecuniaria. Por eso también nos toca erigir nuestros propios es- critos. Y con mayor razón debemos acudir a la estirpe

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