El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca

65 tampoco habían ido nunca a la escuela. Pero ese año llovió muchísimo, tal como los iletrados habían dicho. Ser analfabeto no significa ser ignorante: ignoran- te es aquel que no comprende que el analfabetismo es consecuencia de la postergación, pero, en algunos casos, también de la soberanía. Si un pueblo elige conservar sus saberes, en esa sinfonía radica su memoria y en ese ritmo camina su sabiduría. La mama Santos Valdez, yach’aqmama —madre sa- bia— de la comunidad de Chilimpampa, solía decirme: «Yo soy analfabeta de castellano: en quechua —la anti- gua lengua madre de los Andes—, yo sí sé defenderme. Y no necesito aprender a escribir porque nosotros he- mos aprendido a recordar lo que aprendemos». Ignorante es sobre todo el que no asume la fructífera dimensión de las junturas solidarias. El individualismo compulsivo, particularmente en estos tiempos, puede ser estimulado por la hiperabundancia de una informa- ción que moja, pero no limpia. O que maquilla, pero no fecunda. Esto implica que el rememorar y tomar en cuenta nuestras matrices es un tema de posicionamiento bási- co. Lo que está en cuestión es la libertad de recordar, de poder hacerlo sin someterse a las manipulaciones que nos desvían y nos tuercen.

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