El libro entre los hijos de Atahualpa : la experiencia de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
110 puesto «pueblo» «al que se presupone simple, despojado de toda sutileza conceptual o lingüística». Porque el libro mismo, en cuanto tal, también puede ser acorralador, vapuleante y colonizador, y las bibliote- cas podrían fungir de mausoleos ilustrados, publicida- des engañosas o droguerías sin remedios. Con razón, alguna vez el filósofo checo Franz Kafka escribió, en 1904, una carta a su amigo Oskar Pollak, en la que le decía: En general, creo que solo debemos leer libros que muerdan y arañen. Si el libro que estamos leyen- do no nos despierta como un golpe en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo?, ¿para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, seríamos igual de felices si no tuviéramos ningún libro. Los libros que nos hacen felices también podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen... Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. En definitiva, sí es posible generar una lectura so- lidaria con el territorio, realzar la posibilidad de estar orgullosos del espacio en el que nos movemos, con la certeza de conocernos y de comprendernos, y no como
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