El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cia le sorprendió mucho, porque su hijita era una de las niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con las lá- grimas que solía llorar en doce meses no se hubiese podido llenar un dedal. Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió conso- larla dándole una sorpresa agradable, e incli- nándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que era de porcelana con figuritas muy lindas) y lo convirtió en oro reluciente. Doradina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó ante su padre limpiándose las lá- grimas con el delantal y sollozando como si se le rompiese el corazón. -¿Qué es eso, hija mía? -exclamó Midas-. ¿Qué te pasa, hoy que la mañana es tan hermosa? Doradina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la cual tenía una de las rosas que su padre acababa de transformar. -¡Muy bonita! -exclamó su padre-. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que pueda hacerte llo-

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