El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Mientras cruzaban la dehesa, los toros de bronce se acercaron mugiendo a Jasón, mo- viendo la cabeza y levantando el hocico, como si buscaran que los acariciara una mano amiga. Una vez amansada su fiel naturaleza, los dos hornos de sus estómagos parecían ha- berse extinguido, lo que les permitía pastar y rumiar con mucha más tranquilidad que antes. Pues debía resultar sumamente molesto para aquellos pobres animales ver cómo el fuego que salía de sus narices calcinaba el verde pasto antes de que pudieran darle siquiera un bocado. Cómo lograron seguir con vida, es algo que no acierto a comprender. Y sin em- bargo ahora, en lugar de arrojar llamaradas de fuego y chorros de vapor sulfuroso, exhalaban el aliento más dulce que un toro pudiera soñar. Después de acariciar cariñosamente a los toros, Jasón se dejó guiar por Medea hasta el bosquecillo de Marte, donde los gigantescos robles que allí crecían desde tiempo inmemo- rial proyectaban una espesa sombra que los
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