El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Pues, por cada gota de zumo de uva, había añadido dos gotas de la más pura maldad, que hacían mucho más delicioso el sabor del bre- baje. El simple olor de las burbujas era sufi- ciente para transformar la barba de un hom- bre en las cerdas de un marrano, o para que unas garras de león brotaran de sus dedos o una cola de zorro de su trasero. -Bebe, noble huésped -le rogó Circe sonriendo y ofreciéndole la copa-. Un buen trago aliviará tus penas. El rey Ulises cogió el hermoso cáliz con la mano derecha, mientras con la izquierda acer- caba la florecilla blanca a su nariz, aspirando con tanta intensidad que los pulmones queda- ron impregnados de su fragancia. Se bebió de golpe toda la copa, mirando impasible el ros- tro de la hechicera. -¡Miserable! -le increpó Circe, golpeándole con su varita mágica-. ¿Cómo te atreves a conser- var tu aspecto humano? Adopta la forma de la bestia que más se asemeje a ti. Si es un cerdo,
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