El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

Teseo no conocía a su padre. Desde muy pe- queño, Etra solía llevarle a pasear por un bos- que, y tenían la costumbre de sentarse a des- cansar sobre una gran roca cubierta de musgo, profundamente asentada en la tierra. Allí, le hablaba de su padre, un gran rey llamado Egeo, que gobernaba sobre el Ática y vivía en Atenas, una de las ciudades más famosas del mundo. A Teseo le gustaba oír hablar del rey Egeo, y a menudo preguntaba a su bondadosa madre por qué motivo este no venía a vivir con ellos en Trecén. -¡Ay, hijo mío! -respondía Etra con un suspiro-. Un soberano tiene el deber de cuidar de sus súbditos. Los hombres y las mujeres sobre quienes reina ocupan el lugar de la familia en su corazón, y apenas le queda tiempo para sus propios hijos. El rey Egeo nunca podrá aban- donar su reino para estar contigo. -Sí, querida madre, pero ¿por qué no puedo ir yo a la famosa ciudad de Atenas y decirle al rey Egeo que soy su hijo? -insistía el niño.

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