El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

cierra una singular y espiritual belleza, que la convierte en el verdadero símbolo de la mente sutil y etérea de su creador. Pedí a Eustace Bright que se sentara sobre un banco de nieve, bajo el que se escondía un asiento de piedra cubierto de musgo, y, mirando a través de las ventanas en forma de arco que tenía justo en- frente, el joven reconoció que aquel escenario era sin duda pintoresco. -A pesar de su sencillez -afirmó-, este pequeño edificio parece lleno de magia. Resulta de lo más sugerente y, a su manera, no tiene nada que envidiar a una catedral. ¡Sería un lugar ideal para sentarse las tardes de verano y con- tar a los niños nuevas y emocionantes histo- rias sobre los mitos clásicos! -Así es -respondí-. Esta cabaña de verano, tan destartalada y poco protegida de los vientos, es como una de esas viejas historias que siem- pre evocamos de forma imperfecta; y las fuer- tes ramas del manzano Baldwin, introducién- dose con descaro en su interior, recuerdan a

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