El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
cules no pudo entender ni palabra. Solo se veían las piernas inmensas del gigante bajo la negrura de la tempestad, y de cuando en cuando aparecía momentáneamente su figura entera envuelta en la niebla. Parecía estar ha- blando la mayor parte del tiempo; pero su enorme, profunda y ronca voz se confundía con el retumbar de los truenos y se esparcía, como ellos, sobre las montañas. De este modo, hablando sin ton ni son, el aturdido gi- gante malgastó inútilmente una cantidad in- calculable de aliento, pues el trueno hablaba tan alto como él. Al fin cesó la tempestad tan súbitamente como había empezado. De nuevo pudo verse el cielo sereno y al gigante fatigado sostenién- dolo, y los rayos del sol sobre su colosal altura, iluminándolo y destacándolo sobre el fondo negro de las nubes tempestuosas ya lejanas. Su cabeza había quedado tan por encima del chaparrón que ni un solo cabello se le había mojado con la lluvia.
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