El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

flotando y avanzando hasta tocar la orilla. En aquel momento la brisa barrió las nubes que ocultaban la cara del gigante y Hércules con- templó sus enormes facciones: ojos que pare- cían lagos, nariz de un kilómetro de largo y boca de igual anchura. Con su inmenso tama- ño tenía un aspecto terrible, pero desconsola- do y fatigado, como el que se aprecia en mu- chas personas obligadas a sobrellevar cargas excesivas para sus fuerzas. Lo que era el cielo para el gigante son las preocupaciones de la Tierra para los que se dejan aplastar por ellas. ¡Cuántas veces acometen los hombres más de lo que permiten sus facultades, encontrando así su perdición, como al pobre gigante le había ocurrido! ¡Pobre hombre! Evidentemente llevaba allí muchísimo tiempo. Una selva espesa había crecido y envejecido alrededor de sus pies, y encinas de seis o siete siglos habían brotado y arraigado entre sus dedos. El gigante miró entonces hacia abajo desde la

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