El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Así, fue andando, andando, preguntando siempre lo mismo, hasta que al fin llegó a la orilla de un río donde unas jóvenes hermosísi- mas estaban tejiendo guirnaldas de flores. -Hermosas doncellas -preguntó el forastero-, ¿podéis decirme si este es el camino para ir al jardín de las Hespérides? Las jóvenes se divertían haciendo guirnaldas y coronándose con ellas unas a otras. Parecía que en sus dedos hubiese algún poder mágico, pues al tocarlas se volvían las rosas más fres- cas y se cuajaban de rocío, se avivaban sus co- lores y exhalaban más suave fragancia que cuando estaban en la planta; pero al oír la pre- gunta del forastero dejaron todas las flores en el césped y se miraron unas a otras con asom- bro. -¡El jardín de las Hespérides! -exclamó una-. Creíamos que, después de tanta decepción, los mortales se habrían cansado de buscarlo. Y dime, intrépido viajero,
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