El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tros. Os contaré uno de los que se inventaron para distracción de nuestra vieja abuela la Tie- rra, cuando era una chiquilla con refajito y de- lantal. Hay lo menos cien, y me maravilla que no se hayan puesto hace ya mucho tiempo en libros ilustrados para niñas y niños. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas grises, se queman las pestañas leyéndolos en librotes llenos de polvo, escritos en griego, y se rom- pen los cascos queriendo adivinar cuándo y cómo y para qué se inventaron. -Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustace - exclamaron a una todos los chiquillos-: no ha- bles más de tus cuentos y empieza a contar. -Sentaos todos -dijo Eustace- y callad, porque a la primera interrupción, sea de la malvada Siempreviva, del buen Zanahoria o de cual- quier otro, daré un mordisco al cuento y me tragaré el pedazo que falte por contar. Pero, en primer lugar, ¿alguno de vosotros sabe lo que es una gorgona? -Yo sí -dijo Siempreviva.

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