El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

horas más de la mitad de su camino y llenaba el gran hueco del valle con su radiación occi- dental, de modo que parecía estar lleno hasta el borde de una luz suave que se desbordaba sobre las montañas, como vino dorado en una copa. Era un día tan maravillosamente lleno de luz de oro que se habría podido decir de él: ¡nunca ha existido día semejante, aunque ayer tal vez fuera, y mañana pueda ser, tan lumino- samente radiante! ¡Ah! Pero hay pocos días así en doce meses. Es peculiaridad notable de estos días de octubre que cada uno de ellos parece ocupar muchísimo espacio, aunque el sol se levanta más bien tarde en esta estación del año y se va a la cama como debieran irse los niños, bien pronto, a las seis de la tarde o un poco antes. No podemos, por lo tanto, decir que estos días son largos; pero parecen, de un modo u otro, compensar su brevedad con su amplitud, y cuando llega la noche fres- ca tenemos conciencia de haber gozado una inmensa brazada de vida desde la mañana. -¡Venid, niños, venid…! -exclamó Eustace-.

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