El lenguaje oculto del altiplano

12 rozan los vientos sagrados que habitan los Apus (los espíritus tutelares de las montañas). Al portar estos colosales tocados blancos y negros, que se balancean con una cadencia hipnótica ante las ráfagas del viento puneño, los danzantes no solo rinden tributo a sus ancestros caídos, sino que se mimetizan por completo con el entorno geográfico. El cuerpo del danzante de Ayarachi se convierte de este modo en una antena ritual, un canal humano a través del cual los cerros y los abismos escuchan el lamento secular y la devoción inquebrantable de su pueblo. El Ayarachi es la prueba física de que el espíritu del Incario no fue sepultado; su soberanía y su duelo siguen latiendo en cada soplido y en cada golpe de tambor en las alturas de Puno.

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