El imperio inka

p. 371; Santillana, 2002), para quienes el modelo de difusión esbozado, al apoyarse en mitos «disfrazados de historia», carentes de respaldo de carácter material que los avale, no pasaría de una pura conjetura académica, desprovista de todo realismo empírico. Sin embargo, por lo que respecta al aspecto lingüístico del fenómeno, por un lado, la evidencia incontrovertible del origen marítimo del quechua sureño está allí; por el otro, las referencias documentales respecto a la penetración de chinchas y chancas en territorio cuzqueño y altiplánico deben tener algún fondo de verdad en espera de confirmación. Por lo demás, la ausencia de evidencias materiales que respalden dicha correlación no se debería tanto a que ellas no existan sino

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