El imperio inka

volcánicas u otras calamidades naturales (ver por ejemplo Martín de Murúa (1986[1611], p. 420); o bien en forma periódica, durante las grandes festividades en honor al Sol. Dichas ceremonias consistían en la redistribución de las ofrendas aportadas por los curacas de las comunidades, desde el centro del imperio, el Cuzco, hacia las montañas en los confines de las provincias conquistadas. Los mensajeros enviados a las montañas para interceder ante los dioses debían ser niños bellos, inteligentes e inmaculados. Eran elegidos entre los hijos de los jefes locales y su destino era considerado un gran honor, puesto que los colocaba en una privilegiada posición de embajadores de sus comunidades en el mundo de los espíritus de las

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